Reseña: Reivindicar la ira y expulsar el dolor: una lectura de Visceral
Por Anthony Andrade
"Visceral", de María Fernanda Ampuero (Ed. Páginas de Espuma, 2024), es un libro de ensayos, crónicas y cartas que, con el marcado estilo que caracteriza a la autora —tan visceral como el adjetivo que da título al libro—, transita por temas que abordan lo personal y lo colectivo. La experiencia de habitar un cuerpo distinto (el femenino, el gordo, el migrante) en tierra natal y en tierra extranjera, con las repercusiones contextuales que cada una encierra. Desde el hogar hasta la calle, la autora se sumerge en situaciones que parecerían ser exclusivamente suyas, pero que, al ser vistas con cuidado, como bajo el lente de un microscopio, presentan una maraña de hilos que nos une y enreda al mismo tejido, en una misma voz, a un mismo cuerpo desde el que se vierten esas palabras llenas de furia.
Los primeros cinco capítulos con los que arranca el libro —que no he dejado de pensar como los títulos de las primeras canciones de un buen álbum— se titulan 'Asfixia', 'Terror', 'Furia', 'Colonas' y 'Bárbaros'.Cada uno es un manifiesto en el que Ampuero expone su ira sobre la situación del mundo, de sus gobiernos fascistas, de sus mujeres, de sus minorías sexuales y raciales, de sus tierras y sus selvas, de sus migrantes.
Yo tengo miedo. Tengo miedo todo el tiempo. Escribo porque tengo miedo, porque soy mujer, porque me han enseñado a odiar mi cuerpo; porque soy extranjera, porque vivo en un país en el que el fascismo leuda en el horno de la indiferencia general; porque en el país en el que nací aparece decapitada la gente que se niega a pagar a los narcos el derecho de tener un negocio propio; porque todo sube menos mis ingresos, por la precariedad de los que me rodean; porque el planeta está destruido y en Europa no hace más que ganar espacios la ultraderecha. ¿Ustedes no tienen miedo? (Visceral. 18)
Escribe María Fernanda Ampuero en «Terror», a propósito del género que ha permitido exorcizar nuestros más profundos miedos y darles forma o nombre en la ficción. «Terror», a su vez, para quienes ya conocen la obra cuentística de Ampuero, se revela como su subgénero narrativo preferido, o quizás el más adecuado para derramar los horrores del mundo mediante la literatura, al igual que ha sucedido desde autores clásicos, como Mary Shelley y Bram Stoker, hasta los contemporáneos, como Stephen King, Mariana Enríquez y la misma María Fernanda Ampuero.
La inquietante extrañeza, o la cara oculta de lo familiar, abordada por Sigmund Freud en el concepto de unheimlich, es un pulso arrítmico que marca las páginas de Visceral. Lo siniestro es una presencia constante que, algunas veces, toma la forma de una jeringa que promete la delgadez con solo inyectar una sustancia de dudosa procedencia en las venas. Otras veces, toma la forma de un hombre, uno que aparece en el parque del barrio y está dispuesto a enseñar gimnasia a unas niñas que juegan solas. Se puede tornar en el espejismo de seguir proyectando una imagen aceptable del cuerpo y de la mente —como si fuéramos una reproducción cuyo único valor está en igualar o superar las mejores versiones de nuestras generaciones pasadas—. Está en las calles y casas de un Guayaquil de marzo de 2020. Y está, además, en el “afuera”, en ese mundo que pisamos cada vez con más distancia: el de los bosques deforestados, las aguas contaminadas y los animales muertos.
Ya lo dice la misma autora:
¿Qué es más siniestro que la muerte, el hambre y la sed, la violencia, que desaparezcan a nuestros seres queridos, la guerra, la destrucción de la naturaleza, la extinción, que quieran dañarnos por ser quienes somos, el dolor físico, perder nuestros espacios seguros, el no poder hacer nada frente a la apisonadora del capitalismo? (Visceral, 20.)
En la misma línea de palabras de origen alemán que condensan la profundidad de un sentir, está Weltschmerz, que traducido significa la aflicción por el mundo. Hoy se habla del efecto weltschmerz para referirse al pesimismo que sienten muchas personas ante el estado del mundo frente a las expectativas internas de que sea un lugar mejor. Las crisis migratorias, la crisis climática, las guerras, la desigualdad y la violencia son solo algunas de las situaciones que nos atañen en la contemporaneidad, además de nuestras luchas individuales. El pesimismo es un sentimiento común de nuestra era, y no es para menos. Esta atmósfera se despliega en algunos capítulos del libro, sobre todo en “Colonas” y “Bárbaros”, donde Ampuero aborda el colonialismo, el neocolonialismo, el fenómeno migratorio y sus consecuencias en los cuerpos más vulnerables.
No se dan cuenta, ¿no? No se dan cuenta de que el agua es el agua y el aire es el aire y la tierra es la tierra y a eso no hay cómo ponerle fronteras. ¿Cómo les dices al aire «hasta aquí, aire, hasta aquí matas, más allá, donde los blancos, ya no»?
A la gente sí, a la gente le ponen fronteras, todas, miles, pero los hijos con hambre son un animal gigantesco, un monstruo capaz de atravesar cualquier material conocido por el ser humano. (Visceral, “Colonas”. 36-37)
He visto tantas cosas, padre, [...] Cadáveres en las playas donde la gente del imperio toma el sol y veranea. La policía cazando gente de otra piel y otro acento: los barbaros. Niños y niñas pequeñas aterrados ante las armas que custodian las murallas, orinándose encima por miedo a que las balas perforen a su papá o a su mamá. (Visceral, “Bárbaros”. 42)
Los testimonios narrados en estos dos capítulos ponen de manifiesto la contrariedad del “primer mundo”. Bien podrían ser, o sonar, como noticias aterradoras que escuchamos en la televisión o en las redes sociales; a todos nos resuena la imagen de un niño muerto en la playa, o la persecución de migrantes que están por cruzar un cerco gigantesco que los separa de la desesperanza y el sueño. Civilización y barbarie no es un debate que se haya quedado en el pasado, y la migración parece poner sobre la mesa cuestiones que no se superan desde hace siglos. Pero, ¿qué es más bárbaro que destruir la naturaleza de otras tierras, perturbar su paz y, por si no fuera suficiente, cerrarle las puertas a quienes sobreviven a esa odisea? Leer Visceral es dejarse permear por el dolor del mundo.
La escritura de Ampuero no se cierra; es totalmente abierta y desinhibida al tratar la ira que consume las vísceras de nuestra actualidad. “La ira, como la alegría, es una señal de que nos importa el mundo”. Misma ira que, como en un proceso alquímico, moviliza otras emociones, las transmuta en rebeldía, reivindicación y lucha: “La furia mueve mi feminismo, mi ecologismo, mi antifascismo, mi absoluta repulsión por las homofobias, transfobias, xenofobias y todos los odios enmascarados de valores o tradición.” (Visceral, 26-27.) Hacer suyo un sentimiento tan poderoso y reivindicarlo para devolverlo al mundo a través de la justicia del lenguaje es el arma de este libro.
Finalmente, si hay un sentimiento que tampoco escapa a las fauces de Visceral, es el amor, o quizás, la esperanza. “Gorda” y “Neblina” son dos ejemplos. En “Gorda”, una carta dirigida a la María Fernanda Ampuero del pasado, “María Fernandita”, como le dice tiernamente, se devela todo el sufrimiento por el que pasó la autora debido a la gordofobia que sufrió desde una edad temprana, y cómo, ahora, desde la aceptación y el amor, mira hacia su yo del pasado con admiración: “Vas a ser una señora gorda, María Fernandita. Y está bien.”
Hicimos y hacemos cosas maravillosas. Escribimos libros, viajamos a África y a Europa y a Asia. Hemos amado y amamos a amigas y animalitos que nos devuelven el amor —tú sabes bien eso, siempre hemos sido criaturas de criaturas—. Fuimos e iremos a lugares preciosos, vimos y veremos el cielo y la tierra y el mar de otros mundos y esos otros mundos nos recibieron y recibirán con brillo en la mirada. (Visceral. 74)
La literatura, como cualquier otra expresión artística, no tiene el deber de moralizar o enseñar: es algo que se ha defendido mucho. A pesar de ello, en “Gorda”, uno de los mensajes más importantes con los que el lector se queda, es que la forma en la que miramos ciertas cosas no siempre es la más justa: “A nuestro cuerpo no le pasaba nada. Con nuestro cuerpo les pasaban cosas a los otros.” (Visceral. 76)
“Neblina”, por su parte, narra la historia de un amor apocalíptico. De un momento a otro, lo que inició como una cita casual para tener sexo, pasó a prolongarse a medida que la enfermedad, como una neblina implacable, se dispersaba por cada rincón del planeta obligando a los humanos a encerrarse en sus casas —en el mejor de los casos. “Al menos estaba yo. Al menos estaba él.” En esa convivencia no prevista por ninguno de los dos, pronto se encontrarán en la frustración de los días eternos, de las noticias fatales, y de las actividades para matar el tiempo.
Se descubrirán como dos sujetos completamente extraños que, en la cotidianidad, no compaginan mucho: “Él fumaba mucho y yo quería ver películas de terror. Ninguno se atrevía a decir no fumes tanto, veamos una comedia.” (154) Más allá de la atracción sexual, que en un inicio fue lo único que los acercó, se verán después en su condición más humana, en la vulnerabilidad del cuidado mutuo, al afrontar la enfermedad y al abrirse paso a la naciente pregunta de si había algo más allá que los estaba haciendo depender el uno del otro, que no fuera el encierro ni la incertidumbre. “Te amo, quería que dijera.” (155)
Al final, él se va y ella se queda llorando. “Pasó el amarse, sea lo que sea eso. El necesitarse como un matrimonio viejo. Vida inimaginable uno sin otro.” (163) Vendrán situaciones y personas que vengan a desestabilizar nuestra vida, a replantearla, y, aunque no duren para siempre, nos dejarán huellas que difícilmente se borrarán.
María Fernanda Ampuero nos ha dado en este híbrido un acercamiento poderoso a emociones y experiencias que nos atraviesan a todxs, en especial a unos más que a otros, y que nos generan la necesidad de expresarlo. Ella lo hace escribiendo. Visceral grita el horror del mundo y lo expulsa en un ejercicio escritural que trae a la memoria los fantasmas del pasado, los monstruos de la infancia y los demonios que se resisten a dejarnos en paz en el presente.
Bibliografía:
María Fernanda Ampuero, Visceral, Páginas de espuma. 2024

