Poesía: Extraños gustos
Por Anthony Andrade
I
Mi memoria se fragmenta al tratar siquiera de recordar Me tiembla como una gelatina abstracta Que no ha llegado a su punto de cuaje. Cuento con unos dedos finitos, 1, 2, 3 —esta mano y sus dedos cabrían por entero dentro de mi puño— Sigo contando, 4, 5, 6 Tengo las palmas melosas Pero no es sudor, sino algo que se aproxima al caramelo. ¡Temblor! Paro de contar Un sonido como de rocas cayendo El ladrido de los perros Luego la vibración Las ventanas suenan No son fantasmas tratando de entrar a la casa La ropa y los cuadros comienzan su vaivén Pero no temo Me dejo remecer por la ternura de la tierra Cuento 7, 8, 9 Y pienso que 10 segundos no son suficientes Aunque me digan que me resguarde Aunque me digan que la primera vez salí corriendo.
II (o la continuación del sueño)
He dado muchas vueltas Más de las que quisiera reconocer Mi cuerpo recogido no sabe del canto de los pájaros Mi cuerpo estirado se rehúsa al exilio de esta tierra De llanuras blancas y sueños mojados. Aprieto los párpados tan fuerte Que exprimo una lágrima, Esta cae sobre la llanura blanca que de inmediato la devora La devora con la misma hambre que al sudor Y los vestigios de mi piel. Solo por un instante, la calma. vuelvo al suspenso en el que me detuve —La escena perdida: un vacío en el guion— Estoy otra vez en el jardín Y un ángel colibrí me picotea el corazón Hay un aroma demasiado dulce Que se entremezcla con el herbaje Y las orquídeas Mi piel se alista a recibir el rocío Hasta que irrumpe el despertador Y percibo el aroma de la leche cortada de la mañana.
III (o el sabor de las flores)
¿A qué saben las flores, madre? Arráncame una de los arbustos Un hibisco rojo como tus labios Que sea de color intenso Para que se camufle con la ropa de los universitarios. Yo sé a qué saben las flores Más no lo he querido decir Porque me ha costado el sacrificio De tantos pétalos Que desperdigados me acusan ante ti. “Con la comida no se juega” Me has dicho siempre Pero miro mi nariz llena de polen Y las coronas y las pulseras Que he hecho para ti Y pienso que solo esta vez les he dado otro fin. ¿A qué saben las flores, madre? No lo sé Saben a néctar explosivo y fugaz Como rescatar del agua a una abeja Y despedirme de ella con un pinchazo en el pulgar.

