Poesía: 5 poemas
Por Fernando Montenegro
A veces salgo a correr en el parque y entonces No hay nada malo en mostrar de esa manera las raíces en ensuciarse incluso si nada ha sido tan mío como este parque donde recojo miro de lejos espío el ángel vicioso que alguna vez se enamoró de mi y me condujo hasta los confines del significado y entonces el parque en que los gatos le mando una foto a mi esposa de toda la escena de toda su modesta crueldad pero mi esposa duerme todavía en un sumidero de tiempo y de domingo puede ver la orina de los árboles que abrazo mi infidelidad. Cuarteto para un pájaro que se desborda sobre la luz o lo que fue la luz, creo 1 El pájaro acaece cuando una especie de bruma pesa sobre la colina; ahora bien, nadie puede advertirla sino él (yo también un poco, pero eso) y solo él puede atrasvesarla con su tiranía todo lo demás está postergado el hambre cierta luminosidad dices, amor, y el pájaro ha visto algo en su indecencia acomete 2 El día es tenso y está intersectado por filamentos ácidos se ha probado todos los calzones que flameaban en las azoteas le gusta olerse y escuchar el hambre un chisme que rebota y destroza los cristales de la tibieza entonces el pájaro atraviesa sus ángulos pero no como flecha de significado sino como su contrario como una lentitud como la espera. 3 El pájaro sabe la materia se tensa sobre sí misma teme el momento en que la sombra. 4 Es otra cosa. Eso que puedo saber sobre su tiniebla imposible verlo repercutir sobre la noche entonces sobrevienen murciélagos contrabandistas fuegos artificiales líquidos de un irredimible amor y la felicidad sueño en su desamparo bajo los planetas busca el dolor pero siempre hay que esperar hasta mañana. Es ya la sombra. El pájaro y el niño El pájaro se había enredado en el fondo de las tupirrosas y en ese límite. En mis sueños lo atrapo siempre allí no es símbolo de nada ni procura su fuga. Luego el sueño es el pájaro entero su mudez sobre las resbaladeras la lenta tortura de su despliegue y su duración. Lo capturo. Me tiembla y el pájaro busca el hilo de luz morosa de pronto estrangulado su lento olor en mis manos su violencia. Su corazón al filo de la velocidad. Yace allí todo el futuro del mundo. La escala de dolor Hasta aquí el primer dolor adviene con su aguijón dorado y ese modo de ser íntimo y desbordante y furioso a la vez la niña permanece quieta frente a su amenaza no lo mira todavía ni sabe que existe ni sabe de lo que es capaz y acaricia su piel su minúsculo pelaje su temblor y sin saberlo se deja poseer se inclina en su fulgor todavía no llora todavía no logra escapar de su música de ese modo que colma cada esquina hasta esas que todavía no ha descubierto ni entiende qué son y se salen de sí y la transforman en otra en el grito que de pronto congela el transcurrir de la mañana que cesa en su crueldad que brilla de otra manera que brilla de otra manera. La verdad sobre las rosas Mi madre es la poeta: arranca de entre las verjas más espesas las últimas tupirrosas del planeta y nos alimenta con ellas. Son golosinas. Copa el viento con su despilfarro y con su música. Sus manos son dos saetas, dos nubes que desdibujan las calles. A mí me daba miedo aproximarme a las cercas meter el brazo en lo desconocido. Robar. Mi miedo ancestral a los perros y luego a los aviones. Al paso de los años. A desvestir. Entonces rompían en aullidos las lobas en las quebradas cuando advenía la noche y su maquinaria de vidrio. Ya olvidamos que mi madre nos había llevado a beber las calles del tiempo el nombre de las cosas. Un idioma irremediablemente perdido. En la noche resulta imposible recordar los colores el aroma rústico y cruel de la luz ecuatorial. Entre sueños desciendo al sótano de la madrugada. Escaleras circulares la componen. Vampiros de esperma dorada. Mi madre cría en el fondo del tiempo una rosa transparente que arde en una hoguera pero resiste.

