Recomendación: Notas desde el desorden después de leer Nada se opone a la noche
Por La Chica y La Ciudad
1:
Son las 23:03 y terminé de leer a Delphine de Vigan.
Yo soy muy fan de la literatura del yo, pero esta vez no ha sido el caso. Antes de leer esta novela, leí (por segunda vez) El invencible verano de Liliana, y el artificio que realiza Rivera Garza con el uso del archivo personal y de su hermana es monumental.
Ahora me cuestiono: ¿por qué el de Rivera Garza sí me gustó y el de Delphine no?
A pesar de que las temáticas difieren —uno aborda un feminicidio y el otro el suicidio de una madre—, están marcados por la seña del machismo, mismo que termina por consumir ferozmente tanto a Liliana como a Lucile.
2:
La escritura de Delphine es errática en el sentido —que ella misma menciona— de querer prolongar la llegada a ciertos temas. Por eso es evidente que sus párrafos zigzaguean como una culebra a la cual han mutilado la cabeza y no sabe qué camino tomar. Asumo que así se debe sentir perder a una madre.
Lo pienso bien y me digo a mí misma: no hay estrategia para narrar el duelo. Es una profusión de emociones de toda índole que debe ser difícil cernir y hacer que pasen por aquel filtro que dirá qué va en el texto y qué no.
Yo no sé cómo lo haría. Tal vez de una forma mucho más lenta que Delphine de Vigan, o de una forma aburrida y absurda que probablemente no le llegaría a gustar a nadie.
Pero ahí está el punto: ¿debería gustarle a alguien que no sea yo o un familiar involucrado directamente en la pérdida? Creo que la respuesta es sí, aunque se piense que no. Todos queremos que nuestra escritura guste, aunque sea a una sola persona. Porque, de todas formas, indistintamente de gustar o no, importa que se lea: en la crítica está el feedback que ayuda a “mejorar” los textos.
Pero, ¿qué se podría mejorar en un texto que sirve como desahogo ante la pérdida de la persona que más se ama? ¿O ante la pérdida de la persona que más se odia?Quizá la respuesta es no.
3:
Lo que me ha encantado de Nada se opone a la noche es el manejo —o la construcción— del personaje de la madre en la segunda parte de la novela. Me llevo muchas ideas de cómo retratar a un ser que está bajo la odisea del quiebre de su salud mental. Es muy potente lo que se hace ahí.
La novela se vende bajo el concepto de “Mommy issues”, la reconstrucción de la familia, la resiliencia de las mujeres de una familia en la Francia de los sesenta, el trabajo investigativo que la hija escritora hace en la propia familia, etc. Pero poco se coloca el foco sobre la depresión generacional que termina por matar a algunos de los integrantes de los Poirier.
4:
La línea que traza De Vigan en su propia genealogía saca a flote cómo el padre, la madre, la casa como objeto central, la ciudad, la escuela y todo a su alrededor influyeron en aquellos decesos, que iban desde una hermana de la abuela de la autora —pasando por sus tíos y su madre— hasta uno de sus primos en segundo grado.
Como si se hubiera firmado un rito, caen, uno por uno, estos personajes.
5:
Y también cómo De Vigan lanza aquel dato de Georges. Ojalá hubiera manejado más esa tensión —aquí quedo expuesta como una lectora sádica y ávida por el drama personal y familiar, pero la autora busca eso, ¿no? Sé que quiere contar la verdad, pero también forjar una narrativa: ella misma lo admite en las primeras páginas. ¿Para qué erigir una atmósfera rígida si no va a explotar un tema crucial en la narrativa? Un tema que, desgraciadamente, nunca ha dejado de ser trascendental —nunca lo dejará de ser—: abuso en el propio entorno familiar, el abuso paterno, el abuso sexual incestuoso.
De Vigan sabe cómo, por ratos, atraer al lector. O quizá simplemente fue algo involuntario —aunque lo dudo.
6:
Fuera de ello, los personajes eran muy burgueses para mi gusto. Pero no estoy tan segura de ello: al inicio, el retrato de los Poirier no es de una familia totalmente caída en la “pobreza”. De todas formas, sí que padecían múltiples carencias económicas, influenciadas por el mal manejo del dinero por parte del padre de la familia.
7:
Tal vez creo que la literatura del yo, o la que aborda a la propia familia, no debe ser tan larga, o debería sintetizar para no caer en el aburrimiento. O sí puede ser larga, y solamente soy yo la que ha creado tal excusa.
Y esta reflexión propia me aterra, porque yo he utilizado esa forma narrativa para escribir, pero, así como De Vigan, he seguido mi instinto para exponer lo que quiero —o de qué forma quiero ser percibida— y proteger lo que es mío y solo mío: esos datos que pueden servir para ficcionalizar otros textos o que nunca saldrán de los cuadernos o documentos de apuntes.
8:
Por un momento creí que era el tono de la narración — o de la traducción—, pero aquello está bien logrado —supongo. Incluso en momentos en los que podría haber odiado a Lucile —la madre de la autora—, el tono es condescendiente: a pesar de todo, trata de proteger a su madre y deja clara una sola cosa: de cualquier forma en que pudo, la amó y la defendió.
Pero bueno, en esa familia, en las tres generaciones que la preceden, pasaron tantas cosas tristes y horribles, que el simple hecho de haberlo plasmado en más de trescientas páginas es un acto de valentía y de honestidad total, de la que no estoy segura de llegar a ser capaz en algún momento.
9:
Recuerdo Mi libro enterrado, de Mauro Libertella. Es corto, creo que tiene ochenta páginas. En él, Mauro narra el desgaste físico y emocional de su padre, lo que en poco tiempo deviene en su muerte, misma que Héctor Libertella tanto anhelaba.
Con tan pocas páginas, Mauro Libertella despliega una narración tan desoladora y amorosa a la vez, lo que me recuerda a lo que hizo De Vigan.
Sin embargo, pienso que probablemente la escritora utilizó absolutamente todo el material que fue recolectando mediante las entrevistas a sus familiares y a unas cuantas personas allegadas a su madre. ¿Será que es necesario utilizar todo aquello para lograr esbozar el perfil de una madre? ¿Es necesario plasmar escenas —que bajo cualquier mirada— fueron dolorosas para la propia madre? ¿Existe un espacio liminal al momento de crear la biografía de una madre?
Al final, como la autora menciona de distintas formas, nunca sabrá realmente quién era su madre, puesto que Lucile ya no estaba, no está, y nunca podrá contarlo.
10:
En realidad, mientras leía fui acumulando un rencor inexplicable hacia la novela. Porque hay cosas en mi propia vida que resuenan con la relación entre De Vigan y Lucile, aunque sean distintas, y eso es totalmente absurdo. Porque De Vigan confirma ese miedo: que no se puede salvar a las madres. ¿Se puede salvar a una madre? ¿A una mujer? ¿A una misma? Porque cuando pienso en el futuro, dudo tener la fuerza para narrar ciertas historias. ¿Hay futuro para escribir? Porque Lucile es un espejo de cosas que también he sentido, y no sé qué hacer con ese reflejo.
Texto: Kathya Carvajal


