Notas: Bichos
Por Kathya Carvajal
1
“¿Qué pasa si me como una cucaracha?”
“Comer una cucaracha puede causar problemas de salud, incluyendo náuseas, vómitos, diarrea y fiebre. Esto se debe a que las cucarachas pueden estar contaminadas con bacterias y virus que pueden enfermar a las personas.”
Eso dice Google…
2
En un día y mes cualquiera del año dos mil dos, la mamá estaba sentada sobre el mueble, descansando sus piernas y brazos exhaustos después de haber barrido y trapeado toda la sala. La mamá tenía una hija de dos años: una masa de carne blanca que nació tan enferma que casi no sobrevivió. Para buena suerte de ambas, la niña sobrevivió, pero bajo su brazo no llevaba un pan. La niña trajo consigo un bolso repleto de ciertas enfermedades, entre ellas la alergia: a los ácaros del polvo, a las pelusas y a las cucarachas.
Como el piso estaba limpio, deslumbrante tras ser bañado por capas de agua, desinfectante y cloro, la mamá, cuando ya estaba seco, dejó a su hija sobre él. La niña gateaba, muy feliz, puesto que esa actividad no era común para ella. La mamá tenía su mirada puesta sobre un crucigrama, al que trataba de desentrañar con avidez. La hija se arrastraba por cada centímetro del suelo. Después de varios minutos, la mamá se paró y encontró a su hija en una esquina. La pequeña masticaba con una sonrisa desdentada. Ñam, ñam, ñam: eran los sonidos que salían de esa boca. La mamá, al notar lo que acontecía en el interior de la boca de su hija, pegó un grito al cielo. La hija trituraba a una cucaracha con sus encías, su lengua y todo ese poco de saliva. Como una reacción desesperada, la mamá le abrió la boca. La hija parecía un lagarto a punto de atacar a su presa, pero en su caso, la presa sería arrebatada de ella. La mano de la mamá tenía una alita, un pedazo del caparazón y quién sabe qué otras partes del cuerpo de aquella cucaracha cubiertas de baba. Parecía que la mano de la mamá pretendía llegar hasta el estómago de su hija para sacar el resto del cadáver del insecto. Quizá esa era su intención, así evitaría una reacción alérgica que terminara con su hija sobre la camilla de una clínica, con el pánico por complicaciones en la respiración y la factura desmedida por varias consultas médicas (si iba a emergencia hubiera sido más caro) y la receta interminable.
Ñam, ñam, ñam.
3
La hija soy yo. A partir de ese momento, mi mamá y mi papá fueron cautelosos a más no poder: rituales con baños de litros y litros de cloro; más detergente y desinfectante; más litros de agua; más la aspiradora; más un plástico “especial” en el suelo; más los ojos de mi mamá sobre mí; más la revisión de mis manos y mi boca; más esos aparatitos que se conectaban en los enchufes y supuestamente emitían ondas que ahuyentaban o mataban a cualquier insecto que intentase acercarse a mi perímetro; más vacunas para combatir la alergia; más toda una gastadera de plata. Las cucarachas vs. mi mamá, mi papá y yo: ese era el título (mediocre) de nuestra película.
Nunca aprendí a matar una cucaracha, porque la última que hubo en mi casa me la comí. Cualquier cucaracha que pretendiera acercarse tenía que tener en cuenta que en el interior de mi casa existía un sinnúmero de trampas cuyo objetivo principal era exterminarlas. Tengo el eco del cranch grabado en las profundidades de mi cerebro. Ese es el sonido que se produce tras aplastar una cucaracha con el pie (con el zapato). Me despeluca ese cranch: lo asocio al sonido de un cráneo que ha sido aplastado por la llanta de un auto o, en el peor de los casos, por un tráiler. Asumo que debe sonar así, aunque tampoco quiero comprobarlo. Cuando hay una en el patio, mi papá la aplasta. Ni siquiera se esfuerza: solo se para y plasma la zapatilla sobre el insecto y ya. Que descanse en paz la cucaracha. No entiendo de dónde saca tanta fuerza para ejecutar ese asesinato. Si veo una, así sea a un metro de distancia, me congelo, me paralizo; no sé qué hacer.
Crecí siendo protegida de esos insectos, así que cuando alguien piensa que soy inútil por no poder matar una, no me afecta (yo, inútil; tú, asesino). Pero sí tuve mis momentos de revancha, en los que recordaba cómo mi mamá me lavaba las manos a cada rato (me dolían, me ardían) y cómo también me abría la boca (así: O) para revisar que no me hubiera tragado otra cucaracha. Era una vigilancia constante a la que era sometida, mientras ellas disfrutaban bajo el césped del patio: correteaban para poder sumergirse entre esa tierra que tanto les encanta. Tuve mi momento de venganza, sí. Ya era una niña de diez u once años, y un día mi mamá aplastaba una: la pobre ya estaba casi muerta y emitía sus últimos movimientos con sus patitas. Pero yo quise más (yo, asesina; tú, asesino). Corrí a ver el frasco de cloro y se lo eché encima a la cucaracha. Mi mamá se enojó, no porque clamara por la vida del bicho, sino porque gasté todo el cloro en la cucaracha que ya estaba más muerta que viva. Disfruté de ver cómo se retorcía: algo en ella (o él) aún tenía vida, pero yo fulminé sus últimas esperanzas. Decir que sonreí ya sería una exageración, pero sé que sentí un placer que aún no logro descifrar, porque pocas veces lo he experimentado en toda mi vida. Un placer que hacía revolver mi estómago y otras partes cercanas.
También me divertía ver cómo sus cadáveres eran absorbidos por la aspiradora. Se las tragaba por ese tubo largo hasta que llegaban a la bolsa que las contenía para luego ser vaciadas en el tacho de basura. Todo para que no se interpusieran entre mi enfermedad y yo. Eran ellas o yo. Tengo la imagen de la parte inferior de la cucaracha (de la panza): creo que vi huevos o bolas pequeñas, no recuerdo bien. Pero el cloro hacía que esa parte burbujeara; las consumía desde adentro. La aspiradora solo era el carro de la morgue que las llevaba después de que habían sido aniquiladas por las ondas malditas de los aparatitos blancos.
4
Clarice Lispector escribió una crónica llamada Cinco relatos y un tema. En ella narra su aversión hacia las cucarachas. En el edificio en el que vivía, en la planta baja, había muchas, pero muchas cucarachas. Sin embargo, a su casa solo llegaban por las noches; en el día dormían, al menos eso parecía, porque no había rastro alguno de ellas en la claridad natural de las mañanas y tardes.
“Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.” (pág. 95)
Sí, según la narración, todas las cucarachas murieron de la peor forma posible. Quizá fue un plan más sádico que el que yo llevé a cabo con el cloro. Clarice dice sentir un vago rencor que la había poseído, un sentido de ultraje. En esto nos parecemos: yo sentía (siento) lo mismo cuando veo a una con vida o su cadáver. Clarice, por la mañana, encontró a ese grupo de bichos tiesos tirados por todo el piso. Lo que pensaban que sería un festín de azúcar y harina se transformó en una vorágine nocturna que nunca más les permitió regresar a la planta baja del edificio, donde probablemente vivían: en el horno de una cocina vieja o bajo una repisa de madera que pertenecía a una anciana a quien sus hijos o nietos no ayudaban a asear el espacio en el que descansaba.
El nombre científico de las cucarachas que normalmente circulan por las casas es Blattella germanica. Internet las describe, en su mayoría, como insectos independientes: una vez que nacen, las crías (llamadas ninfas) son autosuficientes. Al parecer, el cuidado parental entre estos seres es inexistente. Sin embargo, algunas especies sí disfrutan de una vida familiar y pueden pasar juntas durante muchos meses, compartiendo comida a través de la boca o de las heces (sí, las ninfas comen la popó de las cucarachas adultas). Clarice arruinó la vida de toda una colonia. Muchas ninfas quedaron solas, sin madres, sin padres. Yo solo participé en la muerte de una. Ojalá yo hubiera matado a muchas más.
5
Últimamente, tengo sueños en los que me estoy bañando y mientras me enjabono las piernas siento una cucaracha subiendo desde la rodilla hasta el muslo. O que mientras duermo, una se introduce en mi pantalón y grito en esa oscuridad absoluta, pero nadie va a ayudarme. Cuando me baño, miro a todas partes, alerta, temiendo que uno de esos bichos quiera ingresar en mi cuerpo por alguno de los pocos agujeros que tengo. Debería tener un spray con cloro en la ducha; mi paranoia me dice que muy pronto lo voy a necesitar. Mi paranoia me dice que esa cucaracha regresará para vengarse.
6
¿Pasó todo esto, o fue Clarice quien me lo hizo imaginar?


