Notas: Ñañas jorever
Por Iskra Sashenka
A Tania
El sol está aquí es la frase que ella nunca dijo, pero que yo repito en mi cabeza de forma incesante. El sol está aquí, tal vez pronunció, regalándome la ternura de la hermana que nunca tuve. Escuchaba su voz con atención, me parecía que una especie de consternación misteriosa me ardía en medio del pecho cuando la veía preparándose para ir a la universidad o lista para salir de fiesta.
Me sentía como un pez inquieto que observaba por primera vez lo que significaba crecer. Lo que significaba merecer: la edad de merecer[1]. Vivir con mi tía, recorrer su habitación de veinteañera, resultaba tan enigmático como enloquecedor. Aprovechaba su ausencia para escurrirme en su cuarto e imaginar ese mundo adulto que todavía no comprendía. Aún conservo frescos los recuerdos de su mesita de noche con bisutería, los libros apilados en su anaquel, la computadora de escritorio en la que jugué por horas. El fondo secreto de su habitación solía llamarme en suaves temblores. En aquel entonces no pude presentirlo, pero mis manos tocaban lo imposible: la dulzura primaria de un cuerpo que estaba aprendiendo a vivir.
No recuerdo los años en que vivimos juntas mientras ella era adolescente. Los abuelos dicen que éramos como hermanas y que yo la fastidiaba siempre, que dañé su radio vieja, que tomé sus cuadernos y los hice míos. A pesar de ese espacio en blanco en mi memoria, sé que el lenguaje que compartimos entonces fue capaz de rasgar el silencio entre dos niñas. Mi tía era mi ñaña jorever, mi hermana para siempre.
Más adelante, cuando se mudó con nosotras a Quito y dejó el pequeño cantón donde nació, la vi florecer con una fuerza desgarradora. Cada día suponía una versión distinta de sí misma: la mujer que era una militante de izquierda, la que alentó fervientemente a su equipo en el estadio, la que salía de fiesta y regresaba al amanecer. Todas me encantaban porque significaban posibilidades, colores, texturas y paisajes. Sin saberlo, me regaló la certeza de que el cuerpo se encuentra en constante efervescencia, siempre intraducible.
Fui testigo de la luminosidad de un corazón que se estaba descubriendo. Mis recuerdos vuelven siempre a su habitación, a sus cosas, a sus secretos. ¿Cuánto ocultaba de sí misma? De pronto, otra escena. Nos encontrábamos dormidas, o yo pretendía estarlo. Pero pude escuchar su llanto sereno, triste. Algo la afligía y me pregunté quién había hecho eso. Todavía pienso en esa noche, en esas lágrimas, en si fueron derramadas por alguien o algo. ¿Fue por un amor? ¿Uno de esos que aparecen como un lejano estremecimiento?
Fue mi cómplice en todas las travesuras posibles, en todos los juegos y escenarios fantásticos. Basé mis gustos en los suyos, mis intereses también. Ella moldeó distintas aficiones que siguen presentes en mi vida adulta. No haber tenido primas fue compensado maravillosamente con su presencia.
Como era de esperarse, la vida adulta me alcanzó y ella partió, como hacemos todos cuando llega el momento preciso. Dejó esta latitud y se marchó a una isla, a miles de kilómetros lejos de la mitad del mundo. Su acento empezó a brillar de otra forma y su boca nombró de manera diferente las cosas. Migrar despertó otros días en su nueva vida. Fue presa de innumerables ferocidades que nunca enfrentó en Quito. Y el tiempo corrió deprisa, rodeada de mar y arena, supo florecer también allí, con un desgarrador sentido del presente.
Cuando pude visitarla y dormir juntas, como lo hicimos alguna vez cuando éramos niñas, no reconocí su rostro. No tenía que ver con el paso de los años, ni tampoco con la distancia geográfica. Era otra cosa, su rostro portaba el espíritu de un animal marino. Criadas en la sierra ecuatoriana, fuimos siempre animalitos del páramo. Pero ella ya no lo era. Fue un encanto revelador abrazarla de nuevo y sentir que olía a sal marina.
Mientras recorrí las calles de su isla, comprendí por qué ese era su nuevo hogar. Era tan sencillo como pronunciar fresquito, gofio o ño. Tan sencillo como reconocer, a la distancia, la posibilidad de construir un nuevo vivir cotidiano, una soledad sagrada distinta a la de Quito.
El mar abierto la envolvió entera y mientras contemplábamos las olas romper me dijo el sol está aquí.
[1] Poemario de Berta García Faet.



Gracias por el espacio, chica de la ciudad 💖