Ensayo: La no ficción de la ciudad en la que nací
Por Kathya Carvajal
Sobre vivir en Guayaquil…
I
Era, probablemente, 2005. Yo tenía cuatro años. Jahaira —mi vecina—, mi mamá y yo estábamos sentadas en la acera de nuestras casas. Mi mamá se reía. El camión de la basura hacía un estruendo. No recuerdo con exactitud el sonido que tenía en aquel entonces. Quizá, era solo un pitido. Los vecinos corrían para dejar las fundas con sus desperdicios. Estaba sentada sobre las piernas de Jahaira, quien recién había llegado de hacer las prácticas que pedían en los colegios, algo así como las prácticas preprofesionales que son un requisito en la universidad. Jahaira tenía agarrada una cartera pequeña, en cuyo interior había un Sony Ericsson, era rojo y en esos años era muy popular, en especial porque su pantalla se deslizaba de arriba hacia abajo y viceversa. También tenía su cédula y una funda vacía de galletas Ritz.
El carro de basura continuaba emitiendo su ruido, hasta que, de no sé dónde, aparecieron dos hombres. Uno de ellos vestía una camisa de rayas anaranjadas y blancas. Mi primera impresión fue que era similar al uniforme que visten los criminales en los dibujos animados. El otro hombre llevaba una chompa. Ambos se abalanzaron sobre Jahaira y sobre mí, a ella la apuntaron con un arma, dirigida a su cabeza, gritando una retahíla de malas palabras para que entregara su cartera. Recuerdo haber visto los brazos de Jahaira temblar, y fue ahí cuando me levanté de sus piernas y me lancé sobre mi mamá.
La imagen que siguió fue de Jahaira en la sala de mi casa, llorando desconsoladamente. Mi mamá y la abuela de Jahaira estaban junto a ella, trataban de calmarla. Jahaira tenía un vaso, que me imagino que contenía agua con sal, o alguna otra mezcla para calmar los nervios.
Afuera, todos regresaban a sus casas con los tachos de basura en sus manos y conversando entre ellos. El ruido del carro de la basura era tan fuerte que nadie notó que nos habían asaltado.
Esa fue la primera vez.
*
La segunda vez, estaba en segundo de primaria. Creo que era mayo. De un momento para otro, mientras estábamos en clases, escuchamos disparos. Todos, por pedido de la profesora, nos lanzamos al piso, bajo las bancas que ni siquiera cubrían nuestros cráneos. Éramos niños de cinco, seis y siete años. La profesora quizá tenía treinta, o menos. Rodeados por esa melodía de disparos, todos sentíamos miedo. No sé cuánto duró, pero llegó el momento en que alguien abrió la puerta y nos dijo que ya podíamos levantarnos. Nadie llamó a los padres de cada estudiante. Culminamos nuestra jornada de clases como todos los días.
Ya en casa, mi mamá me contó que intentaron asaltar la parte de la escuela en donde estaba la caja, pero los policías intervinieron a tiempo y los asaltantes no se llevaron nada. La caja de la escuela no estaba tan cerca del salón de clases en el que yo estaba, pero tampoco tan lejos. No recuerdo haber escuchado las sirenas de los policías, ni haber visto a alguno en el interior, merodeando mientras intentaba conseguir información, tal como veía que sucedía en los episodios de CSI Miami.
Al siguiente día, las clases continuaron con normalidad. Pero, para ingresar a la escuela, en la garita los guardias revisaban las cajuelas de los autos que entraban y también pedían que mostraran las cédulas. No sé si apresaron a los ladrones, pero en los comentarios que las profesoras hacían en los recreos, alcancé a escuchar que los ladrones entraron porque lograron saltar por una pared de la parte trasera de la escuela.
Esa fue la segunda vez que estuve cerca de un robo.
II
Las series de criminalística son mis favoritas. Mi mamá y yo amamos todas las versiones de CSI, Criminal Minds, La Ley & El Orden, y otras más. Crecí viéndolas. A los diez años, mi cerebro contenía grandes cantidades de información sobre esas series. Sabía cada una de las tácticas que utilizaban en todos los episodios. A veces, incluso sabía la identidad del asesino antes de que se revelara,. Me sentía como una investigadora, y seguramente, en algún momento, llegué a contemplar la idea de estudiar criminalística en la universidad. No por el impulso de arriesgar mi vida para proteger a los ciudadanos, sino por la ilusión de verme como una agente alta, con pantalones geniales que, a un costado, tuvieran un espacio reservado para un arma.
Años después, en mi adolescencia, llegué a la serie Narcos, en Netflix. La primera y segunda temporada abordan la vida de Pablo Escobar, su ascenso y su caída. Claro que había escuchado el nombre de ese narcotraficante, pero en ningún momento me detuve a investigar sobre él. Casi al mismo tiempo, influenciada por la adrenalina que me generaba Narcos, empecé a ver Breaking Bad. No tuvieron que pasar muchos días para que esa combinación de series produjera pánico en mí. De un momento para otro, empecé a tener sueños en los que hombres armados ingresaban a mi casa y nos amarraban a mi mamá, a mi papá y a mí, cada uno a una silla, mientras nos gritaban: “¿Dónde están?”. Los sueños continuaron, pero las situaciones eran diversas: secuestros a personas que conocía, violaciones a mis compañeras de clases, ataques con bombas a lugares que solía frecuentar y amenazas a mi familia, como si hubiéramos trabajado para un grupo narcotraficante.
Con las justas terminé Narcos, y lo único que aprecié fue su soundtrack. La serie me pareció muy buena, pero esos sueños, noche tras noche, me perseguían. Breaking Bad quedó en el olvido.
Sentía miedo, sobre todo por las noches, porque en mis sueños, todas las atrocidades sucedían de noche. La paranoia se apoderaba de mí cuando todos en casa se iban a dormir. La responsabilidad de cuidar la casa recaía sobre mí.
Con el paso de los meses, los sueños, poco a poco, desaparecieron.
III
Es el año 2025, y Ecuador es considerado, por un sinnúmero de titulares, como uno de los países más peligrosos del mundo. En el 2019, hace casi seis años, todos los días, después de terminar mis clases en la universidad, tomaba dos buses para llegar a casa: la Metrovía y un colectivo. La Metrovía me dejaba a aproximadamente quince minutos caminando de mi casa, y esperar el bus era muy aburrido, solía demorar hasta media hora para pasar. La mayoría de veces, frustrada por la demora, iba a mi casa caminando. Yo llegaba y el bus todavía no pasaba. Normalmente, esto sucedía en la tarde, cuando la claridad del sol empezaba a disminuir. Nunca me pasó nada. Nunca me robaron, a pesar de que caminaba con una mochila de color anaranjado fosforescente, en cuyo interior llevaba mi celular y la laptop desde la que hoy escribo.
Sí, sentía miedo, a pesar de que no había estado presente en algún robo desde hacía mucho. Y Guayaquil tampoco era tan peligroso como ahora. O, al menos, yo no tenía esa impresión, porque hasta ese momento no me había impactado directamente. Caminaba por una calle principal, sumamente larga, que comprendía ocho cuadras. En una de las primeras cuadras, en la acera de en medio, solían sentarse un grupo de hombres que pasaban bebiendo. Cuando cruzaba por ahí, sentía temor, pero no por mi celular o por mi laptop, sino por las cosas que ellos podrían haberme dicho o hecho. Aceleraba el paso, y me decía a mí misma: no los mires, no te pongas nerviosa. Probablemente, esos hombres nunca notaron mi existencia. Al abrir la puerta de mi casa y cerrarla con rapidez, estaba a salvo.
Ahora, el lugar en donde esperaba el bus es una esquina solitaria. Antes, ahí había puestitos de comida, pero uno por uno, han sido extorsionados hasta desaparecer por completo. Vendían queso, salchipapas, empanadas y helados. El 10 de junio, en Pascuales, una parroquia de Guayaquil, asesinaron a un vendedor de empanadas. “El hombre había sido extorsionado y, por esa razón, debía pagar cinco dólares diarios a los extorsionadores. Caso contrario, la respuesta sería acabar con su vida”, dijeron en el noticiero de las ocho de la mañana. Al parecer, el señor no pagó y unos hombres que llegaron en una moto le dispararon sin piedad. Una empanada en la calle cuesta, quizá, 50 o 75 centavos. Si el señor vendía, en el mejor de los casos, cien empanadas al día, ganaba cincuenta dólares diarios. A eso había que restarle los cinco dólares de la extorsión, además de los gastos en materiales para preparar las empanadas y otras necesidades de su hogar. El noticiero proyectó la imagen de una adolescente que lloraba, aferrada al cuerpo del señor asesinado. Según el reportero, era su hija.
Bajaba una pequeña cuesta que formaba parte de una calle principal. Pasaba frente a una escuela en la que estudiaron algunos de los hijos de mis vecinos, con quienes yo jugaba en el parque cuando era pequeña. A inicios del año pasado, en la puerta de esa escuela dejaron una hoja con un mensaje que amenazaba con matar al director si no pagaban una cuota mensual de dinero. Meses después, las clases para los estudiantes de esa escuela fueron virtuales: una madrugada, dejaron un taco de dinamita en la puerta con otro mensaje para el director.
Junto a esa escuela había un local de comidas, un asador de pollos popular desde hacía muchísimos años. Desde distintas partes de Guayaquil, la gente venía a merendar a ese lugar. Sus alrededores se atestaban de múltiples carros, y las mesas para comer ocupaban hasta la acera. En muchas ocasiones, comí ahí con mis padres. Cuando regresaba de la universidad, de lunes a jueves, la concurrencia no era tan alta como los viernes, sábados y domingos, pero sí había varias personas esperando por los pollos a la brasa. Los fundadores del local lo vendieron después de la pandemia. Llegaron unos nuevos dueños y la tradición continuó: filas de carros y personas esperaban por los platos de comida. Era evidente que el negocio iba excelente: los locales de comida de los alrededores cerraban, pero el de los pollos continuaba de pie. Todo cambió en noviembre del año pasado, cuando una noche de domingo, el día en el que más vendían, asesinaron a uno de los trabajadores del local. Una mancha roja de sangre en la acera avisaba a los transeúntes sobre la razón por la que, desde ese día, el local nunca más abrió. Hace unos días, pasé por ahí y noté que la escuela compró el terreno del local. El local de pollos ahora sirve como un espacio en el que hay seis salones de clases.
En la calle principal, la de los borrachos, a dos cuadras de mi casa, había una tienda. Era nueva. Los dueños, una pareja de esposos, recién estaban en su primera semana. Una tarde, según los videos que pasaron en el mismo noticiero de las ocho de la mañana, llegó un auto del que se bajaron algunos hombres y, a la fuerza, golpearon y arrastraron al tendero hasta que se lo llevaron. Mientras esa escena sucedía, de fondo se escuchaba gritar a la esposa y unos limones rodaban por la calle. Para liberarlo, los secuestradores exigían una alta cantidad de dinero. Días después, dijeron en las noticias que, tras entregar el dinero, lo habían liberado, pero le habían amputado dos dedos, que seguro habían servido para infundir miedo en los familiares a través de fotografías. La tienda cerró, y no volvió a abrir.
Hace dos semanas, en el noticiero de las diez de la noche, comentaron que policías habían liberado a un taxista que, horas antes, había sido secuestrado. El escondite desde donde los secuestradores planificaban los planes macabros e ilícitos y escondían a las víctimas estaba a menos de cinco minutos de mi casa: una casa diagonal a una tienda que actualmente paga a extorsionadores para que no les lancen una bomba o los asesinen.
IV
En abril, mi prima, R*, y su hijo, P*, un adolescente de 14 años, iban en un bus que hacía su recorrido por el sector de Flor de Bastión, en el noroeste de la ciudad. Unos hombres, haciéndose pasar como simples pasajeros, subieron al bus. Después de unos minutos, se levantaron y amenazaron al chofer y a los demás ocupantes. Los insultos iban y venían, mientras apuntaban con cuchillos y pistolas. Llegó el momento de R* y P*, y ambos entregaron sus pertenencias: el monedero de ella y el celular de él. Los asaltantes empezaron a tocar a P* con una intensidad que nunca antes había experimentado. Tocaron sus partes íntimas. Supuestamente, para asegurarse de que no escondiera nada más, como algún otro celular o dinero. Pero en esa acción había una intención de humillación, de marcar su cuerpo, de decir “eres nuestro”. Así lo percibió mi prima. Desde aquel entonces, P* no se ha subido a un bus. Prefiere no salir más de su casa a tener que tomar un bus.
Los bloques que forman parte de Flor de Bastión encabezan los titulares de las noticias por los múltiples casos de extorsión, sicariato, secuestro y robo que suceden a diario.
La única tienda que quedaba cerca de la casa de mi prima cerró hace semanas. En un principio, estaba siendo extorsionada por una banda delincuencial y la dueña cedió a pagar. Pero luego vino una nueva banda a exigir otra alta suma de dinero, así que la tendera tomó la decisión de abandonar no solo su tienda, sino también su casa y su barrio. Para comprar alimentos, mi prima debe movilizarse en bus: un colectivo de la línea en el que la asaltaron, hasta llegar a un minimarket en la entrada de Flor de Bastión. Cerca de ese minimarket, un video mostraba a unos hombres bajándose de un carro para dejar un tanque de gas: fue una amenaza para los conductores de tricimotos que se estacionan frente al minimarket, quienes todos los días están a la espera de clientes. Cuadras más adelante, otros motorizados dispararon hacia un bus, una de las balas perforó la cabeza de una pasajera, quien murió en el instante.
La última vez que mi mamá y yo estuvimos en la casa de mi prima fue en diciembre. No hemos regresado por miedo, y tampoco podemos. “Alguien” vigila quiénes entran y salen del bloque dos. Si una persona que no es del sector ingresa, debe pagar, caso contrario, le dispararán. Ya ha pasado.
La cuñada de R* trabaja como profesora en una escuela en Flor de Bastión. Para dar clases, cada profesor debe pagar un dólar con cincuenta centavos cada día. A esto se suma la cuota que paga mensualmente el director de la escuela. El 9 de junio de este año, en Mucho Lote, asesinaron a una mujer y un hombre. Ambos estaban afuera de la institución educativa donde estudiaba su hijo, a quien minutos antes lo habían ido a dejar.
V
Los sueños han regresado. He escuchado ráfagas de disparos, lejos o no tan lejos, pero ahora son reales. Mi prima y su familia también escuchan disparos, a diario. El peligro va dejando huellas por toda la ciudad, un camino que conecta mi casa con la de mi prima, con las casas de mis amigas y con las casas de muchas otras personas que conozco. Ya no vivo en una ficción. La no ficción de Guayaquil es peor de lo que hace ocho años llegué a imaginar. No le temo a las series. Ahora, le temo a la ciudad en la que vivo.
La gente suele decir que “los están matando” porque andan en malos pasos. ¿Qué mal paso ha dado una niña de cinco años que estaba jugando en un parque? ¿Qué mal paso ha dado un niño que iba en un carro rumbo a una consulta médica? ¿Qué mal paso ha dado el hombre que todos los días realizaba carreras en un taxi para sustentar a su familia?
Quisiera volver al local de los pollos con mis padres, que el hijo de mi prima pueda subirse a un bus sin sentir miedo, salir a caminar, como antes. Pero ya nada de eso es posible, y creo que nunca más lo será.


