Notas: Inventario del duelo
Por Nicole Coronado
(Un recopilatorio de poemas, fragmentos y entradas de diario reinterpretadas en torno a la casa, la infancia y la pérdida)
***
Ya no sé hasta qué punto soy memoria o fabulación. Todos mis recuerdos son como fotografías que han naufragado en el mar. Las recogí, un poco descoloridas, un poco a medias.
Ahora veo una fachada a medias, a veces azul, a veces amarilla.
He llamado a muchos lugares “habitación” o “casa”. Solo a uno he llamado hogar.
(Fragmento de “La casa”, Publicado en Revista Tangente N7: Saudade)
Fabular la herida
Hay una herida que existía antes de mí
yo nací para encarnarla[1], me pregunto,
¿Cuál es esa herida?
He llorado tantas veces
–por un dolor que no existe–
me he ensuciado las manos escarbando
¿Quién puede permanecer limpio?
A ella la busqué en mi vientre
(escarbando he desorganizado mi estructura interna)
ella no existe, pero tiene nombre
(ella no)
ella solo existe en la palabra
(días escarbando he jugado a que la sangre tiene forma)
busco en mi piel amarilla los colores del delito
(más de amarillo, mucho morado, un poco de verde)
mi piel es cartografía de los afectos,
pero esconde.
[1] cita de un poema de Joë Bousquet
Entrada de diario: Un museo en la playa
18 de octubre del 2020
De pequeña quería ser arquitecta y replicar mi casa de infancia frente a la playa. Me encantaba la idea de escuchar las olas desde el balcón y envejecer allí, lejos de todo.
Me quedé pensando en la dolorosa y ridícula idea de un museo en la playa, en el desgaste de los objetos frente al agua salada. El desentierro como un simulacro. La repetición y la diferencia de la ola.
*Aquella noche soñé con una casa en la playa.
***
La arena estaba caliente, aunque era molesto podía soportarlo, la brisa era terrosa. No sabía que estaba soñando, solo sabía que estaba yendo a casa, a aquella casa en la playa. Esta no era una réplica y mucho menos una inspiración de la original, era exactamente la misma casa en la que había pasado los primeros doce años de mi vida.
Eventualmente la vi, estaba enterrada casi por completo. Llegué a la orilla completamente desconsolada. Desenterraba la arena, me metía cada vez más en las profundidades. Todo era inútil. No quedaba nada que no haya sido afectado por el mar. Estaba de pie junto a una ventana rota, viendo lo que se llevaba el aguaje.
Meditaciones sobre la memoria y el olvido
Madre, he olvidado el sonido de tu voz. El tacto de tu piel es suave, aunque frío y me asusta. ¿Dónde guardas tus objetos más preciados? ¿En el cajón del velador? ¿Enterrado en el armario? ¿O en una vitrina? En la mochila. Te llevo siempre conmigo, madre. He olvidado tu rostro. Dejé piedras en tu tumba. No quise que nada me pesara en la mochila, más que tu abanico.
Migrar: alejarse, aunque estés marcado (siempre) por la ciudad de tus muertos.
Me robaron la mochila. Madre, no tengo nada para recordarte, por eso escribo. Me han quitado más que la mochila. Intervenir los planos de la ciudad, marcar con palabras ajenas un dolor que solo es mío.
Ciudad (huella de la ausencia).
Guayaquil solía ser la ciudad de los centros comerciales, la de los puentes. Guayaquil solía ser un lugar extraño. Intervenir un Guayaquil de papel: darle forma a lugares a los que no quiero volver. El espacio se vuelve memoria. Un edificio, una cafetería, una banquita. La habitación de un hotel, un balcón. Un bar del que me echaron. Quiero contarte todo, pero me duele la memoria.
La memoria es arena entre mis dedos.
La ciudad es una oda al olvido. Soltar en el ejercicio de la pérdida y la repetición. Me pierdo en la ciudad y en la insistencia de sus monumentos. Me niego a poner los pies sobre el niño de acero que pretende limpiar mis zapatos. O recoger un boleto de la estatura del vendedor ambulante, los metropolitanos corretean a los vendedores que deambulan por la misma plaza. Sentarse al lado de los valores de la ciudad y reírse.
El pasado está
en todas partes
y en ningún lado.
Caminar por las calles en octubre. El océano es un archivo interminable, la memoria es una playa. Un museo en medio de una playa. Ciudad/ola que se resignifica a sí misma. ¿Qué valores tiene la ciudad? Acumular monumentos, encerrar bajo rejas los libros, cuerpos ausentes. Ola que viene, un par de zapatos. Ola que va, la última página arrancada, papel que se incendia. Los valores de mi ciudad de papel son la insistencia y el goce.
Acumular: repetición inútil.
Imagino: un monumento a la memoria. Construido a partir de miradas. Ciudad que se mira, que se lee, que se escribe.
Escribo para recordar (y olvido).
Aferrarse a la memoria para no caer.
Hay una grieta en mi escritura.
Mi abanico arrastrado por esta ciudad/playa.
¿Y si escribo para dejar ir?
Hay algo que vuelve,
hay algo que siempre vuelve en forma de palabra/ola
La memoria es atadura y liberación.
Flotante
Conozco el dolor
del olvido
una voz, una sonrisa,
la suave piel de un muerto
La casa se mece junto a las olas
en la orilla
le espera
el ocultamiento de la arena
La memoria es un barco de cemento
todo se vierte en la vacuidad del océano
otra vez el mar
otra vez esta casa
Entrada de diario: Un barco de cemento
30 de octubre de 2021
Anoche soñé que mi casa de infancia se había convertido en un barco, al horizonte solo distinguía las dos tonalidades de azul. Era de día y el barco flotaba. Recuerdo el sonido de las olas.
Recorría el barco con muchísimo asombro, recuerdo que escogí una habitación de lo que fue una terraza para dormir, asomada en el balcón podía ver el patio. El sol era intenso y las paredes se veían más azules que nunca.
Cuando desperté en ese lugar apartado no sentía la sensación de las olas, pero ya no estaba en el barco. Estaba en la casa, había retrocedido en el tiempo. Otra vez esta casa, pero no mi casa. Esta es una casa vacía. Todo lo demás corresponde al orden natural de las cosas.
Intentaba agarrar algún objeto que pudiera llevarme conmigo de recuerdo, algo para no olvidarlos. Cuando llené mis manos las olas me anunciaron que había regresado al barco. 20 años en un instante. Una ausencia que no es polvo, ni migajas, mucho menos fragmentos. La casa se había convertido en un barco nuevamente. Mis manos estaban completamente vacías.
Entrada de diario: Libros, cubiertos y metáforas
7 de noviembre de 2022
Yo estaba convencida de que había dos cosas que separaban a los niños de los adultos: comer con cubiertos y leer. Así que me esforcé mucho en aprender a usar los cubiertos, quería que todos seamos iguales en la mesa. Lo de los libros vino después.
Antes del miedo a la muerte (no a mi propia muerte, sino a la de mis viejitos) había dos temas que me atormentaban: el olvido y el lenguaje. Quería leer, porque era lo que hacían los adultos y yo quería que todos seamos iguales, sí. También quería leer porque necesitaba encontrar palabras para decir lo que quería decir, me causaba mucho malestar no conocer la palabra exacta para nombrar las cosas, en especial mis emociones. Mi miedo a olvidar era igual de íntimo: temía olvidar mi historia, los detalles de los lugares que frecuentaba, temía olvidar a quienes amo. Pensé en mi primera metáfora: la memoria es un quesito, pensaba en el queso de las caricaturas de la televisión, un queso con agujeros. Con los años afiné esa metáfora y pensé: hay lagunas en mi memoria.
Entrada de diario: Ir a un cyber
09 de junio de 2025
El garaje de mi casa de infancia se convirtió en un cyber. Un día, no recuerdo con exactitud cuál, pagué una hora en el cyber: solo quería sentarme ahí a pensar y pensaba…
Este siempre fue un lugar muy oscuro
Aquí apareció una araña muy grande
Taparon con cemento la puerta que conecta a la casa
¿Cómo es el baño?
Nadie, nadie se imaginaría que aquí hubo un incendio.
No recuerdo mucho de mi estancia en el cyber, solo quería ver cómo habían transformado un espacio oscuro y húmedo en un local comercial limpio e iluminado, siempre me dio miedo la oscuridad del garaje, el día que se incendió dormí plácidamente. Un cortocircuito, un carro en llamas, y los vecinos al pie gritando para despertar a mi familia. El incendio se detuvo antes de propagarse, y nadie salió herido. El incendio me dejó una secuela invisible, por las noches una sensación de asfixia, como si mi cuerpo olvidara repentinamente cómo respirar.
Hoy miraba por la claraboya mi pedazo de cielo nocturno, un poco gris, un poco azul, un poco rojo y pensaba: ¿Por qué fui al cyber?
Era la casa, eran quienes vivían en la casa, pero es principalmente aquello que vio la casa: a mí, a nosotros. El cemento, material o metafórico, me recuerda que antes de la vejez, la enfermedad, la pérdida y la tristeza, antes de todo, había un nosotros.

