Notas: Esto que envuelve y quema: tres cartas
Por Kiersten Jungbluth
I
Uno de los momentos que más atesoro de nuestros encuentros es –contra todo pronóstico– la despedida. No por el motivo que pensarías. Y no hablo de esas despedidas donde un reencuentro no está prometido –esas son tristes, y no, eso no viene al caso–. Siempre me ha resultado fácil sentir la inminencia del adiós, esos minutos anteriores cargados de un silencio pensante que nos acorrala. Es agridulce, por supuesto, y me empuja a hacer una recapitulación de nuestro recorrido por el tiempo. Me suelo enfrascar en el paso de estos segundos, y de los anteriores, buscando habitar de manera pasajera todos los sentires suscitados. También intento memorizarte a ti y tus movimientos, así como la elección de tus palabras y sus significados. Hasta la curvatura de tu boca cuando estallas en carcajadas por alguna tontería que dije.
Regreso a la despedida. Nos envolvemos en un abrazo largo, cálido y silencioso por lo que se siente como horas. Entrelazadas y verticales, logramos prescindir momentáneamente del lenguaje hablado, como sintiendo necesario hacer espacio para la quietud del silencio circundante. Me observas, también, con gentileza, comunicando algo así como una nostalgia prematura mutua –propia de una partida–. No se trata de una nostalgia puramente triste, sino una cuyos bordes destilan, más bien, sensaciones de tranquilidad permeando el aire. Al final del día, tal vez eso también es el amor: sentirse tranquilo aunque triste, porque la otra persona está ahí aún.
Pasado el mayor momento de tensiones, silencios y ternuras, se encienden de nuevo nuestros timbres de voz para –ahora sí– despedirnos. Esa es la parte que suelo recordar menos, y no sé exactamente por qué. Aunque algunos diálogos predeterminados sí han quedado implantados en mi memoria: «Te amo», «Ve con cuidado», «Avísame cuando llegues». Pienso, también, en que esa cotidianidad es el amor: un lenguaje repetitivo que se teje continuamente. Tranquilidad y cotidianidad, claro que sí. Lo que sigue es lo último que queda por hacer, mientras volteo y siento tu mirada concentrarse en mi espalda. Así, me vuelvo un pequeño Orfeo mientras sigo mi camino, queriendo regresar a despedirme de nuevo, despedirme mil veces y así sucesivamente.
II
Leí en algún lugar que Natalia significa nacimiento. Antes de caer en cursilerías sobre cómo eso tiene todo el sentido del mundo –aunque sí que lo tiene– me adelantaré a diseccionar más esta palabra. Grave, tres sílabas, un diptongo. Rima con la flor dalia. Un nombre en definitiva rojo, si me pongo sinestésica y me dejo llevar por la imparcialidad. También lo calificaría, entonces, como muy bello y acertado. Porque sí, tal vez todo en el mundo, las flores que crecen y los ríos que corren, empezó a moverse cuando llegaste tú. Nace Natalia y nace el cielo mismo, las estrellas y las nubes que nos rodean; un torbellino celestial perfecto.
Un natalicio germina una serie de transformaciones en dominó, indiferentemente de quién sea, y tu caso no es ninguna excepción. Cada movimiento, paso y roce te han llevado al lugar en el que te encuentras ahora –y qué hermoso lugar es aquel que ocupas en el mundo. Cada centímetro con el que tu cuerpo rellena el tiempo y el espacio, cada sonido que sale de tu boca y cada bocanada de aire que exhalas al final del día. Resulta, finalmente, que nosotras no somos nada más que lo que es cada una, así como todo lo que fueron quienes vinieron antes de que siquiera existiera un nosotras.
Pienso, entonces, en los miles de escenarios que tuvieron que encajar de manera perfecta y simultánea para que hoy me encuentre sentada escribiendo este palabrerío que te quiero regalar, y no me cabe en el cuerpo otro sentimiento que no sea gratitud. Pienso en la posibilidad de conjeturar explicaciones pero absolutamente nada tiene sentido, y eso también es hermoso. Pienso en dos cuerpos que, de alguna manera, se entrelazan en medio de una constelación casi infinita de posibilidades: el nacimiento continuo y eterno de cada fibra de amor que siento por ti dentro de mi pecho.
III
No es un secreto que tengo buena memoria, así como sabemos que eso puede ser, en ocasiones, un arma de doble filo. Por un lado está lo maravilloso de recordar cada una de las cosas dulces que me has dicho, principalmente en esos preciados momentos donde nos sinceramos y se escapan de nuestras bocas las palabras más bellas. Lo que más amo y ansío conservar, lo que más se lleva el viento: el lenguaje.
Por ejemplo, un día –ya no sé cuál, pero nos encontrábamos tristes– conversábamos sobre lo incierto del futuro, y cómo pensarnos separadas propiciaba en nosotras el sentimiento más aterrador. De esa misma conversación salieron algunas frases que permean mi mente desde entonces, aunque ahora las parafraseo. «Solo sé que te amo, y que el amor que siento por ti y que siento que me das no es como nada que haya sentido antes». Dices que las palabras no suelen ser tu fuerte, pero pocas cosas me han conmovido tanto como oírte así de certera en medio de tanto caos ensordecedor; que aunque ninguna sabía lo que iba a pasar, no existía duda alguna sobre, al menos, eso: el sentimiento en su forma más pura. Sin embargo, en el envés de lo bueno que tiene una mente que no olvida, se posiciona un sentimiento ligeramente agridulce. Lo complicado yace en que –y puede sonar infantil– una vez vivido algo contigo, nunca más seré capaz de experimentarlo por primera vez de nuevo. Pienso en una frase de Walter Benjamin: «Ahora sé caminar; no podré aprender nunca más». Lo más bello, he llegado a saber, se encuentra en la anticipación, la construcción y el aprender, incluso con el amor.
Termino de escribir esto mientras te pienso recostada sobre mis piernas, tal vez empezando a quedarte dormida. Ese acto más íntimo, más de amor y vulnerabilidad, de dejarse vencer por el sueño ante el otro. En momentos como este siento que me contradigo: pienso que si me dieran a elegir entre recordar todas las palabras o solo este preciso instante, no tendría siquiera que pensarlo dos veces. Tu pecho subiendo y bajando suavemente al ritmo de tu respiración, tus pestañas temblando con ligereza, y yo absorbiendo cada segundo que pasa.



