Notas: Te amo, Clifford
Por M
El mejor libro de mi infancia lo escribió Norman Bridwell. La influencia de su más grande obra, Clifford the Big Red Dog, llegó a mi vida hace unos dieciocho años. Crecí en el caldo de cultivo adecuado para convertirme en una ávida lectora, en un pueblo remoto de Boyacá donde, hasta antes de la pandemia, el WiFi era un lujo reservado para las mismas dos familias endogámicas y oligopólicas de los supermercados esquineros. No estoy diciendo que la única razón por la cual alguien leería un libro sea la falta de acceso a internet, pero ciertamente yo acudía a mi biblioteca municipal principalmente por aburrimiento, algunas pizcas de curiosidad y por ser víctima colateral del miedo arraigado de mis matriarcas a los violadores.
No me dejaban ir a jugar a las casas de otras niñas; me decían que no conocíamos a los papás. Yo les replicaba que sí los conocíamos, que eran los de la panadería, los de allí nomás. No sabía separar la imagen proyectada de un hombre y su esencia misma. Eso me pasaba hasta con el presidente cuando salía en televisión; lo veía como un abuelito bondadoso, sin entender por qué lo llamaban falso y positivo a la vez. ¿Cómo ser optimista diciendo mentiras? Todavía no lo concibo; por eso tengo tantos dilemas trabajando en el sector público. Padezco un síndrome de correspondencia que me afecta anímica y, por ende, físicamente, cuando, fuera de lo literario o del permisivo mundo de la imaginación y el arte, veo un yo cuyas acciones no solo no corresponden con sus palabras: desfilan en detrimento descarado. Mi manera de explorar el lenguaje va pegada a la lengua, al sujeto que la usa para transmitir códigos con impacto en el mundo, y me constriñe profundamente encontrar incoherencias viles entre significado y significante.
Tan bello como distinto era Clifford, ser de luz áfono cuyas acciones siempre fueron genuinas. Él era puro verbo, fácilmente apreciable a la vista, sin profundidad corruptible, solo rojo, grande y canino. Su tamaño se debía al extraordinario afecto dado por Emily Elizabeth, la joven dueña, quien adquiere su nombre en honor a la hija de Norman Bridwell. Además, inicialmente Clifford sería llamado Tiny, hasta que su esposa, Norma Bridwell, también artista comercial y pieza clave del proyecto, le dijo: but that’s so obvious and kinda stupid, you know. Norman, lejos de aferrarse al delicado ego que apadrina al quehacer artístico, le ofreció nombrarlo. Ahora el perro más amado del mundo lleva el nombre del amigo imaginario de niñez de Norma Bridwell. Clifford encarna la condensación del amor dentro y fuera de la pantalla. Por sus virtudes de perro bombero, apasionado del Halloween, amigo fiel, y también por ser uno de los pocos libros infantiles que había en mi austera biblioteca, recuerdo a Clifford el Gran Perro Rojo como mi feliz incursión en la literatura.
En retrospectiva, podría haber sido una Matilda criolla; si tan solo alguien me hubiera quitado a Bridwell para extenderme a Dickens, o mejor, a Borges, quizá participaría más en clase y me habría enterado, en cualquier momento de mi bachillerato y no medio borracha en una fiesta, que no existe un tal César Fernando Vallejo; al parecer, son dos hombres distintos. Había recogido datos de ambos gracias a un par de conversaciones sueltas. Los fusioné. En su momento, sí me pareció raro pensar en un peruano escribiendo La virgen de los sicarios, aunque me dije: ¿por qué no?, y seguí con mi vida. Nada es tan serio visto desde el espacio. Me pregunto si, cuando se muera Fernando y llegue al purgatorio de los escritores masculinos, saludará a César con un: “¡Qué más, primo!” Ojalá que sí.
Es injusto achacar mi casi esterilidad literaria y escritural a mi entorno sociofamiliar; hay casos extremos que relucen por la belleza de quien toma un riesgo. Ana Frank es Ana Frank porque cogió la pala y sembró algo con ese montón de estiércol a su alrededor. Tuve varios años de formación educativa a la mano para interesarme por la riqueza literaria latinoamericana y española. Sin embargo, de lo poco propuesto por las instituciones: Platero y yo, La vorágine, Pedro Páramo, Crónica de una muerte anunciada, e incluso esos libros muy, muy arriesgados, prácticamente satánicos, los cuales la profesora de español logró introducir en la santísima clase (gracias, seguramente, a que la directora no leía nada fuera del manual de convivencia): Relato de un asesino y Paranormal Colombia, nada fue tan revelador como para encauzarme en un sendero de letras salvajes. Asocié la literatura a viejos que hablaban de burros, pueblos soporíferos como el mío, pasiones rara vez concretadas en una caricia y nombres muy largos para ser recordados. Nada de lo leído en el colegio me cambió la vida; en sí, el colegio mismo fue un plato de Petri aburridísimo donde la individualidad y las intenciones de exploración identitaria eran algo tan peligroso como dar un beso.
En vez de cultivar un fervor latinoamericano, un boom en mi corazón, me torcí. A través de la televisión y el cine, me contagié de la peste anglosajona e interioricé los nombres de la verdadera literatura: alta, muy alta; fina, muy fina; y blanca, muy caucásica. Esa me atrapó un poco más. Al menos ahora era Inglaterra siglo XVIII con romances entre piojosas y ricos, monjes torturados por el diablo, hombres que hablaban con cuervos, borrachos que trabajaban en el correo y corrían caballos. Todavía con hincapié en el falo, pero al menos ya leyendo por gusto. Claro, un gusto dictado por el buen gusto.
Cuando me siento insuficiente, una farsante incapacitada para estar en determinado lugar, propicio para otro con mayores méritos y habilidades ya desarrolladas, pienso en mi jefe y me reconforta. Podría ser todo eso e ignorarlo. Podría ser todo eso y no tener ninguna intención reflexiva. Podría ser todo eso y ser un hombre cuya mayor gracia es su salario. Y también acudo al señor Bridwell, quien cuenta en sus entrevistas: I always liked to draw, but I was never considered very good. In school there was always someone better than me; the art teacher always liked their work better than mine. Teachers didn't like my writing either. Lo figuro como un niño flacucho y más bien patoso, con una imagen negativa de sí mismo que no lo abandonó en la adultez; más bien evolucionó en un síndrome del impostor. Aunque sí destaco su perseverancia: la terquedad de aferrarse a una idea inofensiva, la cual produce placer, incluso cuando otras figuras de impacto no la consideran destacable, es una habilidad que una va perdiendo a medida que aprende más palabras.
But it’s okay. He hecho las paces con mis humildes raíces quasi-analfabetas y, gracias al ejercicio fascinante de internarme hasta ser miembro de un nicho extranjero, mimetizándome satisfactoriamente por momentos, entre otros valiosos conocimientos formales he adquirido un nuevo lenguaje e ideas que me agradan, intrigan y apropiaré descaradamente. Su repertorio de lenguaje nativo incluye interesantes combinaciones como: hallazgo, gran hallazgo, suscribirse a una idea, rescatar mucho algo, preocuparse por, en búsqueda del cuerpo perdido y de la madre extraviada. ¡¿DÓNDE ESTÁ LA MADRE?! La mía, en el gimnasio. Mi cuerpo, en la silla, a temperatura normal, recobrándose de la menstruación y, sobre todo, escribiendo con precaución quirúrgica para no dejar que se le filtre una frase freudianamente sugerente, nada con el potencial para entrever la conflictiva relación con el padre. Me tranquiliza recordarme que yo no soy lo que escribo.
Aunque todavía no posea una ciudadanía en este hábitat de pensamientos excepcionales, ya casi le cojo el tiro; ahora entiendo por qué es gracioso insinuar que alguien es del estilo de Paulo Coelho, como mi profesora de español, o por qué hacerse ciertas preguntas es importantísimo para entender la manera en que funciona el mundo, especialmente cuando se impregna en el papel. No me había hecho esas interrogantes no porque no me preocuparan, sino porque no tenía el ecosistema adecuado para alimentar la curiosidad etérea de quienes se sientan a discutir sentimientos, sensaciones, cursilerías y lugares de enunciación. Me la pasaba pensando en cómo dejar de pensar, inconsciente de que el chiste está en hacer las preguntas correctas.
No vale la pena llorar por las páginas arrancadas. Ya crecí y ya soy. Sé más de telenovelas y programas animados que de poesía o gente apellidada Vallejo. Pero me gusta la poesía y me gusta escribir de vez en cuando, igual que leer, cocinar y jugar dominó. No voy a comerme todos los libros del mundo simplemente porque no tengo apetito. Ya veremos mañana. Mis pasiones fluctúan y no se anteponen entre sí; de hecho, me emociona cuando siquiera aparecen. Me es inusual sentir un impulso desmedido hacia cualquier cosa que no sea recluirme en mi mente. Por eso admiro a Norman. Aunque él atribuyera su éxito en buena parte a la suerte (pues no creía que su esfuerzo y creatividad fueran suficientes para dar vida a tal fenómeno infantil), a mí me gusta creer que su niño escuálido le susurró la necesidad de perseguir su fantasía de tener un perro tan grande como un caballo y poder montarlo: un personaje bicho raro que habitara la incomodidad, que la abrazara porque es todo su cuerpo y les enseñara a los niños que no hay nada de malo con ser el perro rojo en la habitación.


Qué texto tan precioso!!!!