Relato: El embaucador de cera
Por Gabriel Avecilla
Publicado en El Faraute, Ecuador.
06 de diciembre de 2024.
Con cada paso el calor pesaba más.
Daba risa andar con la gorra puesta porque parecía que el sol brotaba del cemento y no del cielo, como si entre esas rayas marcadas de la vereda o de esa marca de pata de perro, el resplandor era engendrado y saltaba para enlijar las pupilas que cayeran en su trampa. Aun así, uno caminaba con la cabeza agachada, como arrepentido de algo.
Hace dos días que me había enterado de que la casa de Candelario Quintana era la que había sido incendiada. Una casa quemada que se pudo ver desde Guayaquil.
— Ese ahumadero lo tuvo que haber provocado él mismo, pero se nos adelantó, porque caía mal ese viejo.
Mami Ela siempre habla mirando hacia un punto de fuga. Pudo haber estado hablando de la casa quemada de Candelario como del nacimiento de Guacho, su bisnieto, que nació exactamente al día siguiente, como aguardando en el vientre hasta lo último para evitar ser testigo, y Ela podría estar mirando exactamente el mismo punto, como si leyera un teleprónter o estuviera pendiente de que nadie se robe el cerro.
Después de dos horas de caminata, el sol se redujo a soplar una brisa tibia en las nucas. Para ese rato ya habíamos llegado donde Quintana. Los escombros de una casa que hierve hasta los huesos son muy distintos de otros. Ni una lágrima recibieron las llamas que aquí despertaron, como para decir que algo las intentó detener, o alguien.
Nadie.
La casa se consumió y a nadie le importó. Apenas gestos de decencia humana que tienen que ver con la compasión.
— Nadie se merece morir así.
Lo único que dijo Olivo.
La casa de Olivo, al igual que todas las de Parenosto, es un compartido entre vivienda y local. Al entrar hay un pasillo impasable con restos de televisor, de radio, de ventilador, máquinas que sueñan con la reparación, pero que están condenadas a ser un decorado inconsciente del radiotécnico del pueblo de Parenosto, un pueblo costero cerca del río Miraní. Hay casas-locales, pero también hay extensos fósiles de concreto extendidos por los barrios que solían ocupar los nombres de mercados, de residencias, de parques y de talleres. Hay una esencia a ahumado como si el asfalto hirviera y los techos delgados que recorren la principal sudaran en chorros, haciendo que se una el cielo y la tierra a través del olor. En los bordes se extiende una camada por poco infinita de canoas dibujadas por un dios ansioso que rozan un manto de agua lleno de arterias negras, lleno de esos derrames que les suelen llamar. Desde donde reposan las canoas, pasando por gigantes de hierro que extraen la sangre negra de la tierra, hasta llegar a lo que fue la casa de Candelario, se traza el mapa de Parenosto. No cabe en las manos, pero se escapa fácilmente de la boca, porque 17 años llevan desde que llegaron con promesas en la calle Bolívar y Valdivia y ya nunca más han recibido visitas de esos hombres de cartón con polo blanca. Úrsula, que tenía por entonces 14 años, recuerda tanto haber tenido su primera muñeca de plástico ese día.
— Lanzaban juguetes así no más. Desde una camioneta blanca, como si estuvieran tirándole comida a los chanchos. Un vecino perdió el ojo ese día. Tiraron un camioncito de juguete y el filo le raspó el ojo. — Úrsula mira el mismo punto de fuga que la mami Ela a veces.
— Él decía que solo era un raspón que no era para tanto, pero pasaron los días y nada que podía abrir el ojo. Su hermano llegó, me acuerdo de Estados Unidos, que se había ido a Illinois para hacer una maestría, pero que tuvo que volver, nunca dijo por qué. La cosa es que ese señor lo llevó de la oreja al hermano al hospital, y para cuando regresaron los dos, ya juntos sumaban solo tres ojos.
Los veladores de Úrsula coleccionan unos adornos de porcelana impecables que solo el polvo parece ser digno de rozarlos. Responde que no tendría dudas en poner la muñeca junto a estos frágiles monumentos, pero solo dos semanas le duró ese juguete desde que se lo lanzaron en la cabeza.
Para las siete, había llegado Olivo quien se había ofrecido a recogernos. Se ofreció tan rápido que cualquiera podría pensar en que era el único que veía en Candelario aquellos rastros bondadosos que suelen perderse entre las pestañas de aquellos que nunca te ven.
Cuando llegó, no saludó. Había bajado rápido del carro y se había acercado a las criaturas de ceniza que ahora ocupan el lugar de la casa de Candelario. Al verlo, podría uno sentir que Olivo estaba recorriendo el fantasma de un hogar que nosotros no podíamos ver, que esquivaba escalones desaparecidos y que abría puertas sepultadas con una fluidez que solo la memoria tiene permiso de proclamar.
— Solía pararle el carro con esa vaina de las velas, ¿sabe? A mí sí me escuchaba a veces.
—¿Y por qué a usted?
— Es que yo sí sé decir las cosas pues, yo no ando retando, ni hablando con la biblia. Yo le decía la verdad, le decía que hay cosas que uno tiene que superar y que hay formas, que hay formas de hacer las cosas.
—¿Usted sabía que iba a hacer esto con las velas?
— No, no qué voy a saber yo.
Fue la penúltima conversación que pude tener con Olivo en lo que regresábamos al centro. Nos quedamos en una casa esquinera que la dueña, Marcela, transformó en hotel para nosotros. Ella nos resumió la historia de Quintana:
— Ese viejo necio. No todos lo odiaban, pero yo entiendo por qué algunos sí lo hacían. Imagínese usted que se le muere un pariente, o se le llevan a su ser querido, y con todo el dolor del alma le prepara un altarcito bien bonito. Pocotón de velas ahí puestas para darles luz que es lo primero que nos arrebatan. Todo para que venga alguien y se lleve todas esas velitas.
—¿Y el altar queda sin nada?
— Es que eso sin vela ya no es altar, mijita. Es como que se lleve la cruz de una iglesia.
Cuando regresábamos a Quito, ya teníamos todo el perfil de Candelario Quintana: el embaucador de velas del pueblo de Parenosto. Vecinos que narraban el día en que llegó y que se fue a vivir a dos horas a pie del centro solo para alejarse no solo del ruido sino de los rostros de las personas, principalmente de un rostro que pudiese recordarle a la familia que perdió cuando vivía en Guayaquil, al menos eso rescataron de una confesión que le dijo a Gerardo cuando tomaron dos días seguidos por su cumpleaños sesenta y cuatro.
También se sabe que Candelario pasaba por el centro únicamente para beber o para llevarse las velas que podía. Que al inicio no molestaba tanto porque solo se llevaba las velas que veía en los mesones, en las mesas, en las repisas o en las cómodas. Que la gente sí se molestaba porque en los días de apagones se quedaban completamente a oscuras, pero la situación sí empeoró cuando los altares abandonaban su nombre de altar porque se le desprendía a la fuerza las velas que tenían.
Candelario nunca dijo para qué se llevaba tantas velas, pero sí se lo mostró a alguien un día. Olivo había recorrido un pasillo igual de impasable que el suyo en una casa que quedaba a dos horas del centro. Tenía que estirar sus cortas piernas hacia unos huecos hechos por cientos de bultos de velas.
— Nunca me dijo qué haría con todas esas velas, nunca me dijo por qué se las llevaba.
—¿Y por qué lo invitó a su casa?
— Habíamos tomado bastante, bastante. Y él quería ya irse a su casa, pero era tardísimo. Le dije que yo lo llevaba. Cuando estaba ahí afuerita me dijo que apague nomás el carro, que si quería pasar, que tenía un whiskysito adentro. Y ya pues entré, y vi todas esas velas que parecían flores creciendo del piso.
—¿Le preguntó sobre las velas?
— La verdad que no. No pregunté nada. Estaba medio embobado, usted me entiende, por el trago y todo.
—¿Tomaron el whisky?
— Sí.
—¿Pasó algo más?
— Sí.
—¿Cree que el incendio fue un accidente?
— Nadie se merece morir así.
Al domingo siguiente llegaron siete periodistas más. Para cuando pasó un mes, ya habían ido veintitrés cuerpos de prensa para escribir sobre Parenosto. Algunos hablaban del incendio, pero otros hablaban de cómo Parenosto había estado excluido en los programas de censo y cartografía municipal, otros escribieron sobre el río Miraní y las babas de petróleo que han chorreado durante diecisiete años en el lugar, otros escribieron sobre el abandono y la ausencia de atención médica, otros escribieron sobre los altares, otros escribieron sobre el calor, otros se olvidaron de escribir.

