Notas: El día que mi cuerpo habló
Por Jennifer Dumes
Muchas nauseabundas ganas de sacar lo que ingiero. La semana pasada me tomé un Pedialyte de mora y la tapa del tarro cayó sin querer. Tuve que beberlo de forma apresurada mientras veía cómo a un niño se le caía un zapato.
Ayer estaba en el agujero; esos tres últimos meses parecen carecer de memoria. De la nada estoy frente a una pared tan húmeda y un suelo que emana liquidez, como si sudara gaseosa rosa. Siento que camino sobre botellas y siento que ahora no me gustará la cola Gallito, ni la sensación de acidez que tiene el agua Imperial, como ese día cuando compré una y Panchito no quería que me fuera. Yo quería ir a un carrusel. Me contuve por la urgencia de Pepito, en conocer a un hombre calvo que resultó ser vocalista de una banda que no sabía que seguía existiendo.
Sigo. Además del líquido rosa, brotaba de mí, con viscosidad, gotas rojas. Cuando entré a limpiarme, vi con otros ojos. Las paredes dejaron de ser paredes; se veían como esos alambres que le pones al ganado para que no se vaya. Recordé a ese alambre amarrado a un palo que tanto temía cruzar cuando era una niña. Recuerdo agacharme para salir y siempre lastimarme. Admito que la línea que crean los alambres, esa separación cuando personas lo sostienen, se siente como un desafío, así como caber en la ventana de la casa de tu tía cuando eres pequeña y atraviesas las imponentes rejas de la ventana. Del otro lado, nadie te espera más que la decisión del habla por parte de la cerradura.
Se redunda y no se termina. Como decía, vi con otros ojos y empecé a oler con otra nariz. Mis fluidos se sentían extraños. Entonces me escondí detrás de esas paredes sudadas; sudadas como los pescados que venden en el puente que me lleva a Daule. Empapada, me empezó a pesar la piel. Me sentí carne por primera vez, no esa que se come, sino esos restos que se le quitan al pollo porque hacen daño. Me sentí, sentí cómo me doblegaba y cómo mis piernas no querían caminar. Estaba muda, era una momificación del acto tras acto. Me dije: ¿por qué no puedo escuchar al resto, a mi cuerpo y a mí?
Soñé con una cara en vertical queriéndome hablar. Los labios no emitían palabras, solo eran labios sin propósito. ¿Qué propósito tendría que tener una lengua si no habla? “¡Que se la corten!”, dije de nuevo para mí misma. Ese sueño se cumplió mientras caminaba por la calle Junín. Vi dos personas parecidas, así como conejillos, pero inexpresivos. Los vi y yo, con esa pantomima bonhomía que me aborda, seguí sin verles. Ese día decidí con “El bochinche” sonando en mis oídos. Ahora entiendo cuando el cuerpo habla.
Nota de edición: cuando el cuerpo habló, creí sentirme acompañada en este aire condenado por el sol.



