Correspondencia de Belén Vivar
Por La Chica y La Ciudad
En la intimidad de su habitación, Belén nos recibe acostada en su cama: “Es que no tengo sala”, bromea. Es fácil asumir que Belén es una pintora prolífica: la delatan las paredes de su cuarto, a su alrededor hay pinturas sin finalizar y cuadros inéditos colgando. Hay un caballete y tubos de pintura usados sobre su escritorio, compartiendo lugar con libros y maquillaje. La imagen permite intuir que pintar es una actividad inherente a ella.
Es la primera vez que conversamos con Belén, y ya sentimos la calidez de su hogar. Verla apoyada sobre sus almohadas es como observar desde una ventana un momento muy personal de algún vecino. Para llegar a Belén Vivar hay que dar pinceladas muy suaves y probar todas las tonalidades, esa sería la forma de abrir un camino para conocerla detalladamente. Eso es lo que intentaremos hoy.
Se podría decir que es una especie de nómada, alguien que se trasladó de Zhucay, su lugar de origen, a la ciudad de Guayaquil, donde reside y estudia actualmente. Algunos pensarían que su condición de foránea le añade cierta incertidumbre a su persona, sin embargo, es precisamente ese constante vaivén de pueblo a ciudad lo que le permite volver a empezar y esculpirse a su gusto. Ella es, en sus propias palabras, “Una persona que busca redescubrirse todos los días. Alguien que no tiene nada fijo, pero que está en construcción”. Lo que Belén comparte con nosotras es apenas un boceto. Lo que escuchamos ahora son solo las líneas que componen un proyecto mucho más grande: “No estoy resuelta. No puedo decir: “esto soy”. Me encuentro en la búsqueda constante”. Tal vez, le cuesta definirse en el presente. De todas formas, tiene certezas sobre el futuro: “Quisiera ser alguien que pueda expresarse a través del arte”. Y para nosotras, lo es, en tiempo presente.
¿Cómo ha influenciado Zhucay en tu arte?
Zhucay pertenece a la provincia de Cañar. Este territorio está geográficamente abrazado por la Sierra y la Costa, ya que se ubica prácticamente en el medio de las dos regiones. Destaca por sus cultivos de cacao y mandarinas, fruta que Belén ha pintado en uno de sus bodegones. Zhucay no solo es pequeño en su extensión territorial, también posee una población muy reducida, así lo describe ella: “Vengo de un pueblo muy chiquito, donde todo el mundo se conoce con todos, y casi todos son familia. Influye mucho en mi personalidad, porque siempre estoy dispuesta a crear una comunidad chiquita”.
(Vía: Instagram)
Su deseo por compartir con la gente no ha cambiado. Lleva dos años fuera de su parroquia, pero eso no la ha detenido de conocer nuevas caras: “Siento que ya he creado una comunidad en la que casi no salgo. Pero no soy cerrada, siempre está en mí el sentido de tener algo con otras personas, una comunidad”. La forma de socializar es muy distinta en Guayaquil, pero Belén no quiere deshacerse de esa amable cualidad de integración que la caracteriza: “Es parte de toda mi identidad, porque es muy diferente, totalmente contrario de aquí (su casa) a Guayaquil. Siento que, al menos, aquí en el Centro, no hay una relación con los vecinos y peor en el barrio. Nadie conoce de la vida de nadie, todo es muy individualista. Por eso digo que he creado un lugar chiquito, porque vivo con mis roomies y nos conocemos”.
¿Cómo ha influenciado Guayaquil en tu arte?
La transición Zhucay-Guayaquil fue impactante, aunque no del todo mala. Según Belén: “Fue como si se me quitara una venda de los ojos, porque era una realidad chiquita en la que yo estaba. Pero ahora estoy en una realidad donde pasa todo y es caótico”. Los contrastes con Guayaquil son descorazonadores para cualquiera que pueda sentir compasión. Una de las realidades más duras que pudo atestiguar al llegar a esta ciudad fue la cantidad de personas en situación de calle que hay: “Es impactante, desde lo que ves en la calle. Allá donde yo vivo, todo está más controlado, por decirlo así. Si hay algún indigente, tú ya sabes que es el loquito de una familia y está ahí cuando quiere. U la gente se encarga de ayudarle. Pero aquí hay mucha gente así, y nadie los conoce, no saben de qué familia vienen o de dónde vienen. Eso fue lo que más me impactó al llegar”.
La obra de Belén está plagada de referencias a su preocupación al palpar esa realidad por primera vez: “Quiero retratar ese impacto que fue para mí”. A través de sus pinturas, Belén expone lo terrorífico en lo cotidiano, mostrando situaciones y gente que suelen estar ocultas en las postales guayaquileñas: “Se me hizo una realidad fea y dramática, pero una realidad que quiero mostrar; no desde un lugar que ridiculice la miseria, sino como algo que está ahí pero normalmente no se quiere ver; desocultar eso. Palpar la realidad social del país… eso le dio sentido a lo que quiero hacer”.
¿Recuerdas ese primer instante en el que sentiste que el arte te interesaba de verdad?
La respuesta es afirmativa: “Fue en mi adolescencia. En la escuela, para el colegio. Uno está en la búsqueda de la identidad, de quiénes son, de cuál es el hobbie que hace con su vida inconscientemente. Fue allí”. Los logros académicos no bastaban para saciar el deseo inefable de querer ser alguien; esa avidez que una siente cuando no está haciendo lo que ambiciona: “Siempre tuve buenas notas, pero no me satisfacía tener un buen promedio, no me llenaba. Entonces era buscar algo más. Y ni siquiera era buscar hacer arte, sino buscaba desahogarme de las cosas que no me hacían sentir llena”.
“A veces me agarraba a dibujar y eso me hacía sentir en otro lado. Como que no estaba allí. Me hacía salir de la realidad”. Belén, sin saberlo, estaba trazando su suerte. Siendo una niña, se perdía en las formas que marcaba la humedad de su pincel y la atrapaba un sentimiento que ni siquiera una impecable boleta de calificaciones lograba producir en ella: sentirse llena. “En la casa, me acuerdo, el primer contacto que tuve fue a los 11 o 12. Mi hermano tenía unas acuarelas que había comprado para un trabajo de su colegio y las había dejado ahí, porque no las ocupaba más. Yo me puse a dibujar un ojo. Entonces me sentí chévere. Sentí que realmente me gustó el resultado y el proceso de hacer eso sin una presión, de que tiene que salir bien”.
¿Podrías describir algún momento en Zhucay en el que sentiste esa satisfacción de haber creado algo?
Belén extrae de su niñez una de las primeras anécdotas donde la pintura se presentó como una forma de catarsis, pintando un acontecimiento trágico desde la inocencia: “La primera vez que le mostré a alguien y sentí que realicé algo importante para mí, y también para alguien más, fue cuando falleció mi perrito y no sabía cómo sacar ese dolor”. Para ese cuadro se basó en una foto de los dos y, sin saberlo, Belén ya daba señales de su tendencia de misturar lo real con lo onírico: “Me acuerdo de que yo le había tomado una foto acariciándole, y ahí le pinté y lo hice en el cielo con unas alitas, como que pude imaginarme cómo estaría el Coki en el cielo. Tenía 12”. Fue un momento espontáneo que le otorgó a Belén una nueva vocación: “Ya había empezado a hacer cosas. Ya lo de mi perrito, ahora lo veo y estaba horrible. Porque está feo pintado, porque nadie me dijo cómo hacerlo, solo agarré y pinté. Pero se sintió lindo y me hizo sentir bien ver lo que representaba”.
A los trece años, con un material que se hallaba en su cartuchera, como lo es el lápiz, Belén se haría una reputación de artista en el colegio: “Hacía retratos de mis compañeros en el recreo. Les hacía que posen. Viendo que pintaba bien, me decían “Hazme de tal artista”, y empezó a correr eso de que yo sabía dibujar y me mandaban a hacer cosas”. La voz se corrió y empezaron a llegar sus primeros clientes: “Primero sin paga, pero con eso de los retratos mismo. Alguien desconocido me dijo que le haga y me dijo te pago. Y yo así: “Puedo cobrar por esto”. Y ahí fue el primer contacto con eso, y que me de dinero”.
Este nuevo pasatiempo la ayudó a entrenar sus habilidades en el dibujo, y luego de dos años de hacer comisiones para sus compañeros de colegio, Belén tuvo sus primeras experimentaciones con la pintura al óleo, cuando una amiga de su prima le pidió un cuadro con esta técnica: “Yo no había pintado nunca con eso. Ella me dijo: “Bueno, yo te doy los materiales, porque yo antes pintaba y ahí tengo una caja de óleos nuevos”, y yo: “Sí a todo”; esa fue la paga”. Belén desconocía esta técnica, lo que la llevó a instruirse por medio de videos de Speedpainting, que es cuando los artistas registran su proceso de pintura en un tiempo limitado: “Allí solita busqué videos; no había un curso básico; no te explicaba. Por eso veía Speedpaintings, que están pintando los típicos cuadros renacentistas. Y veía que usaban cosas, y ahí vi el aceite de linaza y me compré ese aceite, porque al principio hacía solo con pintura”. Con sus primeros tubos de pintura, y mucha práctica adquirida, a los quince años, Belén ya había transicionado del lápiz al óleo. Y continuando con su aprendizaje, un tío le obsequió otros materiales que le serían útiles en el futuro: “Yo tengo un tío que se llama Juan, que le había interesado la pintura en sus veintialgo y se metió en una academia de Bellas Artes acá en Guayaquil. Él, después de salir de esa academia, ya no había practicado nada, solo hizo los cuadros que le mandaron en clase y los materiales los dejó dañar ahí. Pero él me regaló su bastidor y unos libros para aprender a pintar”.
¿Cuál fue el efecto que tuvo la pandemia y el encierro en ti?
Para 2020, Belén ya había convertido la pintura en una forma de generar ingresos. En ocasiones, viajaba de Zhucay al cantón vecino La Troncal, con el fin de hacer las entregas de sus comisiones. Esta rutina tuvo un quiebre en febrero de ese mismo año. Se rumoreaba sobre el primer caso de Coronavirus en el país; un mes después, el 16 de marzo, se anunciaba por decreto presidencial la cuarentena obligatoria en Ecuador. Las fronteras estaban cerradas y mucha gente se quedó atrapada en otras ciudades, entre ellas, Belén: “En la pandemia me tuve que ir a la sierra, y allá mi abuelita todavía no tenía internet y yo me moría. Mi mamá y yo fuimos a la sierra a acompañar a una cita médica a mi abuelita, y esa cita nunca sucedió. Y no pudimos regresar a Zhucay, porque todo había cerrado, y nos tuvimos que quedar por casi 3 meses”.
Los días se sentían repetitivos, y la sensación colectiva de aburrimiento se desataba en cada rincón de la casa de su abuela: “Me la pasaba viendo películas, pero también me aburrí. Entonces empecé a hacer retratos, pero no había llevado mis materiales. Entonces solo tenía un cuaderno de mi mami y un lápiz 2b”. Conversando con una amiga, se le ocurrió la idea de realizar retratos bajo pedido, pero en vez de recibir un pago en efectivo, recibiría datos de internet: “Eso me ayudó a contactarme con otra gente. Y como solo me podía comunicar con megas, el método de pago era con datos, porque de la tienda a la casa de mi abuelita, la tienda más cercana quedaba lejísimo. Entonces yo le robaba datos a mi mami, pero cuando ella no estaba, no tenía qué hacer. Le dije a una amiga: “Te hago el retrato de tu perrito y me pagas poniéndome una recarga”, y ella aceptó”. Esa práctica duró tres meses, hasta que pudo regresar a su casa en Zhucay. La pausa que significó la pandemia le dio tiempo para poder pintar a su gusto, sin tantas presiones: “Mi adolescencia era quedarme pintando en mi casa. Creo que ahí todos teníamos fobia de salir. Y fue chévere porque ya no tenía tantas comisiones como antes, pero pintaba más para mí: podía practicar y hacer cosas expresivas”.
La pandemia, a pesar de todas las complicaciones y pérdidas que conllevó, fue un periodo en el que ella pudo practicar sin tantas limitaciones. Aunque también reflexiona que, al estar en casa todos los días, tuvo que ocuparse de los quehaceres: “En la pandemia pintaba para mí, pero también me tocaba ser ama de casa, y a mi me tocaba hacer todo lo de la casa. Y pasé esos dos años haciendo labores domésticas, pero también pintando. Me hice la idea que si algún día quisiera vivir de eso, tengo que tener alguien que me haga las cosas, porque no me daba tanto chance de pintar”.
¿Crees que ese periodo fue un punto de inflexión para tomarte en serio el arte?
Como en casi todo escenario adolescente, la graduación se acercaba, y Belén debía elegir una profesión a la que tendría que dedicarse de por vida. El miedo a escoger la carrera equivocada siempre está presente. Sin embargo, para ella, aquel periodo de cuarentena fue determinante: “Yo sabía pintar, pero yo quería entender más a fondo la historia del arte, de conceptos, para crear algo desde cero y profundizar en eso. Entonces ahí, en la pandemia, yo me decidí”.
Su talento en desarrollo no estaba en duda. A pesar de eso, Belén continuaba su aprendizaje, adentrándose cada vez más en su disciplina, y a la vez, buscando opciones universitarias: “Pasaba full metida en eso: viendo las técnicas, veía videos de historia, de teoría del arte. Y empecé a buscar opciones, y ahí vi la universidad, ya cuando me gradué del cole. Ahí fue preguntarme a mí misma si es lo que quiero de verdad, y preguntarle a mis papás”. Para ese punto, Belén ya tenía clientes, así que la forma de convencer a sus padres para que la dejaran estudiar arte era a través de sus ventas: “No es un hobbie, porque eso era lo único que me daba dinero. Sí es serio porque lo veían reflejado en algo material. Porque es como la típica de que te preguntan “¿De qué vas a trabajar?”, y yo decía: “Yo no estudio y ya estoy trabajando de esto”. Entonces sí les convencí”.
¿Si no hubieses ganado dinero, crees que tus padres no te hubieran apoyado?
Su madre y su padre tenían perspectivas diferentes sobre esta decisión. Mientras la madre confiaba en las innegables habilidades de Belén para la pintura, su padre se resistía a aceptarlo como una ruta profesional, ya que él también había sido artista, pero se vio obligado a dedicarse a otros oficios que le permitieran tener un empleo remunerado: “Mi mami sí. Mi papá sí es un poco más cerrado, digamos. Aunque él mismo me contaba que en su juventud le encantaba pintar y hacer murales, nunca pudo avanzar, porque no tenía tiempo y le tocó trabajar. Pero ese era su sueño frustrado. Cuando yo le dije que iba a estudiar esto, y ya tenía una universidad vista, él me dijo: “yo también fui así, pero yo sigo trabajando. Yo también tuve ese hobbie en mi juventud, pero lo dejé ir. Y tú también lo tienes que dejar ir y buscarte una carrera que sí de trabajo, como de profesora o enfermera”. Y yo: “Pero si no me gusta”; están bien esas carreras, pero no era lo que quería realmente. Y luego fue de convencerle a mi mami. Ella es la que manda ahí. Ahora ambos me apoyan full, pero por lo económico le convencí a mi papá”.
¿Cuáles fueron las implicaciones de mudarte a Guayaquil, crees que hubo una pérdida de tu identidad?
Al mudarse a Guayaquil, Belén sintió la adrenalina de estar frente a una enorme ciudad inexplorada. En Zhucay contaba con ciertas personas que le pedían directamente retratos o también quienes contrataban sus habilidades para pintar, pero no necesariamente eran sus amigos. La ciudad del trópico le permitió conjugar los nervios al experimentar sus habilidades artísticas. Como resultado, encontró la oportunidad de explorar más a fondo su personalidad.
Cuando estudiaba en el colegio, no era tan sociable: “Me sentía como el bichito raro. Y cuando llegué a la u, todo el mundo era igual. Todo el mundo había sido el bichito raro de su colegio, de su casa o de su ciudad, porque también viene gente de otros lados. Eso me ayudó a sentirme parte de algo más grande que no era solo yo o en casa con mis dos amigas”. En Zhucay su espacio era más reducido, pero igualmente debía ocuparse de los oficios de su casa. Por esa razón siente que acá en Guayaquil puede expandirse más, en ese círculo de independencia que se conforma por el piso que comparte con sus roomies. “Acá siento que me expando un poco más, porque he logrado comprar mis cosas, decorar. Estar lejos de tu casa te da hasta una libertad de limpiar como tu quieras, o de arreglar como tu quieras. Y con tus papás no puedes hacer eso. Cuando vives sola puedes formar tu identidad a partir de tu entorno”.
Belén considera que en Guayaquil ha perdido cierta inocencia, pero es eso lo que le ha permitido vivir: “Porque estaba chiquita. Porque estaba rodeada de mis amistades más cercanas, que también eran chiquitas, y teníamos mucho miedo de vivir y experimentar. Entonces no pasó nada en mi adolescencia, porque yo misma me prohibí muchas cosas que son normales en la adolescencia. No fue feo, pero fue como sacarme la venda de los ojos. Y todos ya habían pasado por esas cosas antes y ya tienen mucha experiencia y tú recién estás en eso”.
¿Cómo fue tu experiencia cuando recién entraste a la universidad?
Al revisar la malla curricular, se enamoró perdidamente. Belén supo que quería estudiar en esa universidad. Su mamá le dio un voto a favor: si todo salía bien, pues que fuera a perseguir sus sueños. Su primer contacto con la Universidad de las Artes fue cuando viajó junto a su mamá para preguntar sobre el proceso para ingresar. Belén se sintió apenada porque el día en que se acercó, en diciembre, hubo una charla de información y un recorrido por todas las instalaciones, pero solo para quienes se habían registrado anteriormente.
“Yo pregunté dónde debía hacer ese trámite y me dijeron que en marzo del año anterior. Y yo quise llorar. Como que dejé de pasar demasiado tiempo. Por mis papás, tuve que postular a otras universidades. Me dieron cupo en la Estatal, me dieron cupo en la de Cuenca. Ya pensaba dejar ir la idea de la Universidad de las Artes, porque no tenía la certeza de que me iban a aceptar”.
Aquel día, Belén vio gente “diferente” y “cool”. Ella se sintió emocionada, fue por esa razón que se dijo a sí misma que tomaría fuerza para exponer la magnitud de su sueño ante sus padres: “Sí voy a esperar el tiempo que sea de esperar. Voy a esperar a postularme, a todo ese proceso. Por más largo que sea, porque es lo que quiero, no importa que sea largo”. Me dijeron que bueno y ya. Después yo hice todo sola, porque era medio virtual”.
Después de todo, Belén obtuvo un puntaje alto, a pesar del sufrimiento que vivió porque no tenía expectativas altas de ella misma. Una tormenta de autosabotaje la abordó. Pero lo logró. En nivelación le fue muy bien: las clases le encantaban, los profesores eran increíbles. Y también llegó un grupo de amistades, de quienes se siente muy orgullosa y feliz de contar con su presencia y apoyo.
¿Qué retos has tenido que enfrentar como estudiante foránea?
Piensa en las reflexiones que ha hecho junto a su roomie, también foránea: en los beneficios de vivir cerca de la universidad, lo que permite contar con mayor tiempo para actividades extracurriculares, ya que no pasan viajando. Pero también hay otras cosas: “Como que nadie se encarga de ti ni te ayuda, sino que eres tú quien debe cuidarse sola. Todo, desde el cuidado personal hasta los proyectos. Si no estás bien anímicamente, no hay nadie que vaya a hacer tus cosas, lavar la ropa, preparar la comida, hacer las compras. Hay que aprender a ser bien responsable”.
¿Cómo definirías tu estilo? ¿Qué es lo que te interesa plasmar en tu obra?
Belén considera tener una amalgama de estilos e inspiraciones. Todavía no sabe si quiere dedicarse completamente a pintar en óleo o en acrílico: “El acrílico no me gusta, pero el óleo es tóxico, y a la larga es malo, pero quiero que mi estilo se defina”.
Fuera de las formas, la temática que considera sustancial para su creación es el realismo social: “Lo mío sería ese cuadro de ahí (señala la pintura de una paloma)”. Ese retrato forma parte de una serie que le gustaría hacer junto a otro cuadro similar que tiene en su casa.
Via: Instagram
¿Cómo se imagina Belén Vivar en varios años? ¿Dónde quisieras estar y que quisieras lograr?
Empieza por definir lo que no le gustaría hacer: estar en un trabajo que no le permita tener tiempo para continuar con la expansión de su obra. No quisiera sujetarse a reglas u horarios que la distancien de sus pinturas: “Me gustaría tener un lugar propio donde pueda pasar el día pintando, eso sería. Casi nadie apuesta ahorita por el arte tradicional, ni yo. Pero sí quisiera tener un taller, porque ahorita tengo algunas cosas, pero no tantas. Entonces tener un espacio más dedicado a eso, donde se pueda experimentar y manchar.
Ese sería el sueño. Y también exponer, tener, al menos, una exposición individual. Y participar más en la escena local. Porque no he estado tanto, no he podido ingresar a cosas todavía. Me falta full trayectoria que recorrer, porque la vida del artista visual es buscar convocatorias, concursos o expos. Y eso depende full de los conocidos. También depende de si encajas en el prototipo que están buscando en ese momento”.
El trabajo del artista latinoamericano es difícil, especialmente en un país en el que fue suprimido el Ministerio de Cultura. Todo ejercido por el gobierno. Abrazado por el apoyo de sus simpatizantes, quienes han dejado muy en claro que los artistas son prescindibles, pese a que se sirven de sus obras cuando deben promocionar sus campañas políticas y demás. Sin dar crédito ni pagar por ello. Belén tiene esta idea presente, pero no le impide rendirse. A veces, lo único, o lo poco, que queda, es crear: “Mi sueño es trabajar de forma independiente, que lo que haga me avance para sobrevivir. E igual estoy comenzando a tatuar y todo eso. No quisiera que eso me ocupe todo el tiempo para pintar, pero que sí sea un auxiliar para poder sobrellevar todo económicamente”.
En 2024 recibiste una mención de honor en el Salón de la Mujer por tu obra “(In)quietud”, ¿cómo experimentaste ese reconocimiento?
El Salón de la Mujer 2024, organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas, reconoció en la obra de Belén algo singular, ese toque de las artistas ecuatorianas que, en muchas ocasiones, son ignoradas o pasan desapercibidas, sea por la falta de apoyo, cultural o económico. El cuadro de Belén representa a su abuela.
Belén dice haber ido sin expectativas, solo la envió y ya: “Nadie me dijo “hazlo” o “no lo hagas, porque es muy difícil entrar”, que es lo que pasa con muchos concursos que ya te dicen desde antes de participar: “solo ciertas personas entran”. Yo solo vi y me puse a hacer mi obra. Me gustó hacerla. Me gustó hablar de lo que hablé en esa obra. Y solo la mandé sin saber lo que iba a pasar o de que iba a tener una mención de honor. Ese día fui. No me habían avisado que había obtenido la mención de honor por correo o por otro medio, así que fui a ver si mi obra pasó. Porque tampoco te avisan si pasa o no, solo la dejas y el día de la inauguración ves si está o no.
Ese día fui como “bueno, voy a ver si mi obra pasó. Si no pasó, me traigo la obra y no pasa nada. Pero si pasó, bacán y chevere, está en un museo”. Entonces fui, y había mucha gente. Yo nunca había ido. O sea, sí había ido a una exposición en el MAAC. Pero a la exposición anual del Salón de la Mujer no había ido, así que no sabía que había tanta gente. Era como yo así chiquita. Fueron dos amigos y me acompañaron. Luego vi mi cuadro llegando y colgado, y yo: “¡Oh, sí pasó!”. Entonces, yo no sabía que seguía un programa. A las exposiciones que había ido, todos llegan, ven las obras, comen algo y se van. Pero como era un concurso, sí hay un protocolo. Anunciaron. Hablaron muchas personas importantes. Y yo estaba asombrada al ver que mi obra estaba entre esas personas. Dieron contexto de estos concursos y luego empezaron a dar las menciones, y me nombran. Yo había ido sin prepararme y sin vestirme bien. Solo me llamaron. Fui y fue una grata sorpresa que te den una mención. Luego, este año, después me di cuenta que sí era difícil entrar. Porque mandé otra obra y no me seleccionaron. Entonces, yo valoré más lo del año pasado, por lo que vi que sí fue importante lo que hice”.
¿Podrías explicar el concepto de “(In)quietud” y contarnos por qué retrataste a tu abuela?
Belén fotografió a su abuelita: ella sentada sobre el mueble que durante algún tiempo la ha acompañado, a su cuerpo y a su sentir. De esa imagen partió la idea de la composición pictórica que la llevó a ganar una mención de honor en el Salón de la Mujer.
“La historia de mi abuela es de alguien como que siempre ha vivido resignada a las tareas domésticas. A criar a sus 7 hijos. Y luego de haberlos criado, igual quedarse en ese mismo ambiente. Y, de alguna manera, después de revisar esa historia, ella era como una secuestrada. Como si tuviera síndrome de Estocolmo: a pesar de ya no tener la obligación de cuidar a sus hijos, ella misma se encierra y se olvida de sí”.
A esta pintura se suma la angustia del país: de vivir en un estado de incógnita, como lo era en 2022. La pandemia parecía haber terminado, pero las consecuencias del paso de dos gobiernos indolentes e irresponsables serían inminentes. Toda esa inseguridad e inestabilidad económica general también es gritado por “(In)quietud”. La abuela de Belén pasaba en su mueble viendo el noticiero. Todo lo que escuchaba se pegaba a su cuerpo, dejándola en algo que podría denominarse como angustia. Especialmente porque también contaba con una dolencia física tras sufrir una caída. “(In)quietud” es la paranoia que vive una mujer en un país que no vela por ella.
Tras el dibujo, quizá el arte, hablar de su abuela por medio de este lente, le ha permitido no victimizarla. Pero sí comprenderla y acercarse más a su figura, como su familiar, como su nieta.
Tras la mención de honor, Belén se sintió muy emocionada: “Lo que hago es real, y no solo yo veo algo que tiene valor. Me alentó a no pensar que no estoy haciendo las cosas por hacer y ya”.
¿Cómo percibes el lugar que ocupan las Artes Visuales en el país?
Actualmente, si bien el arte no puede hacer que ciertos sucesos sean evitados, sea por la falta de atención del público, del pueblo, o por la censura, siempre habrá alguien, así sea una sola persona, que escuche, que lea, que observe. Y la imagen quedará grabada. Podrá trascender. De ahí la importancia de ser vocal con lo que pasa en nuestro país, en nuestro planeta.
Belén recuerda una exposición en el MAAC: “Era una representación de la narcocultura. Me gusta que se aborden esos temas en el arte visual, pero no me gusta que eso sea lo que se vive todos los días. He visto mucho de esto (exposiciones) en redes y museos”.
Respecto al apoyo al arte en el Ecuador: “En cualquier ámbito artístico es difícil hacerse un nombre y hacer una carrera. Hubo una desromantización de la gente y del arte, porque las obras que sí venden son de los artistas que ya tienen sus clientes y contactos. Es difícil llegar a eso cuando alguien es desconocido. Los concursos también son difíciles. Son pocos los que entran, porque, tristemente, los contactos sí influyen. A veces se gana o brilla por recomendación. Es triste saber esa realidad. Así que toca autogestionarse. No hay que esperar a hacerse un nombre por concursos o relacionarse con gente de ahí, especialmente si eres mujer o un artista muy joven”.
Sobre las barreras del arte local, “En Guayaquil siempre hay gente de todo lado, aquí confluyen todas las culturas. Pero ahora me doy cuenta que, incluso aquí, es difícil. Porque lo que haces tú, también lo hacen mil más. También no hay muchos lugares donde se pueda mostrar algo que no sea inaccesible para todos. Las galerías no siempre tienen propuestas que dan acogida a temas sociales. Y en los lugares aniñados no quieren ver eso. Ahí quieren obras muy estéticas y que hablen de cosas no tan sociales ni que toquen temas tan sensibles. Solo algo general o agradable de ver”.
Belén se involucró en un plantón por Palestina. Lo que la llevó a ser parte de esa causa es la rabia: “Fue más una iniciativa con amigos, porque no había ni una sola. Quizá porque se piensa que como es algo que pasa lejos no me compete a mí. Pero estamos más cerca de Palestina que de otro país. Todos podríamos llegar a pasar por eso. Es un genocidio que debe hablarse, porque si no es así, ¿quién más lo va a hacer? Hay que hacerlo bien para que llame la atención. Por eso junto al municipio, que se sepa que como estudiantes de artes estamos del lado de la gente que está siendo atacada. En cualquier momento puede pasar que venga Estados Unidos y quiera hacernos huevadas. Puede pasar todo eso, en cualquier país”.
El arte ha ayudado a Belén a encontrar una herramienta para forjar un discurso que siempre estará cruzado por su pensamiento político; no hay tonos grises en su obra. Las aves melancólicas que pinta son el rostro de una ciudad que olvidó a sus habitantes, son un espejo de la desesperanza y la indiferencia.
Conocer tan de cerca el trabajo de Belén Vivar es ser partícipe de una confesión muy delicada; es arriesgarse a mirar la realidad con ojos vírgenes, y mezclar todos los colores de la paleta, adaptando la realidad a otro lenguaje. Carga con los primeros esbozos de una carrera prometedora. Recientemente, su obra Allá donde los nidos no son cálidos obtuvo el tercer lugar en el Salón Jóvenes Valores del Teatro Centro de Arte. Sea en Zhucay, en Cuenca o en Guayaquil, la artista ecuatoriana está destinada al reconocimiento y a dedicar su juventud entera a esta carrera. Aunque su entorno cambie tan rápidamente, ella no cambiará con él. No porque no se atreva, sino porque Belén Vivar firmó su suerte el día que comenzó a pintar, y en el mejor de los sentidos, esa fue (y es) una decisión irreversible.
Esta conversación se llevó a cabo una mañana de junio de 2025.
Agradecemos a Belén Vivar por su colaboración:)
Entrevista: Niza Ochoa & Kathya Carvajal
Texto: Niza Ochoa & Kathya Carvajal
Fotografías: Gabriel Valverde
















