Correspondencia de Jéssica Brito
Por Niza Ochoa & Kathya Carvajal
Detrás de la pantalla nos espera Jéssica Brito, popularmente conocida como Cabrito. El apodo, que fusiona la última sílaba de su nombre y su apellido bisílabo, es un tierno juego de palabras que adopta y no ha dejado atrás desde entonces. Enciende la cámara y nos saluda con entusiasmo; su cabello rosa brillante resalta en la pantalla del computador. Es una figura que genera curiosidad: desde que te topas con su perfil de Instagram, se puede apreciar la precisión de su ojo para capturar la belleza de lo cotidiano, además de servir como un registro cronológico de sus cortes y colores de cabello. Al deslizar los dedos sobre los rectángulos de su perfil, priman las texturas y la saturación, pero también los rodajes en los que participa. Todas estas imágenes irradian misterio. Sabemos que es una cineasta de 23 años, nacida en la ciudad de Guayaquil, y que vivió gran parte de su vida en el barrio Guayacanes… Pero, más allá de las fechas, lugares u ocupaciones que la definen, ¿quién es Jéssica Brito?
¿Cómo te describirías en tres palabras?
Le pedimos que se describa en tres palabras, y ella elige movimiento, creatividad y artesana. Al ser alguien tan multidimensional y versátil, la moción siempre la acompaña en sus nuevos retos: “Siempre estoy en movimiento. Me gusta estar haciendo cosas porque, si no, me siento mal”. En cuanto al cine, ha dirigido, montado, escrito y asistido en diferentes proyectos cinematográficos. Por eso se define como una persona creativa: “Creo que me gusta crear; es una de las razones por las que me gusta el cine, porque el cine es crear desde que pones la cámara, desde que piensas qué vas a grabar”. Jéssica cree que su tercera elección se enlaza con las dos anteriores y refleja su voluntad y deseo de crear, considerándose una artesana: “Siempre he sentido que soy artesana antes que artista. De alguna forma, yo siento que cuando estoy en el ámbito artístico, algo que pasa mucho es que todo el mundo se pone muy profundo y habla del arte en un sentido idealista, quizás más indescriptible o con un lenguaje más rebuscado. Y yo siento que lo que a mí me interesa del arte es hacer cosas. Lo que más me gusta del cine es hacer cine: es rodar, editar, escribir… o sea, como las acciones, hacer cosas. Artesana me define más que artista”.
¿Quién es Jéssica Brito?
Para responder al misterio alrededor de la identidad de Jéssica Brito, es importante mencionar que actualmente estudia cine en la Universidad de las Artes de Guayaquil. Esta pregunta la remite a sus primeros pasos en dicha institución: “Buena pregunta, ¿quién soy? Esa pregunta también la hacen en la U para nivelación. También la hizo, me acuerdo, Daniela González (docente de la escuela de cine) para un ejercicio de autorretrato, en el que había que coleccionar cosas de internet o archivo, y montarlas para poder armar un autorretrato. Me acuerdo que ese ejercicio en su momento me gustó full.”
Su trayecto en la escuela de Artes no ha sido fácil: su primer semestre se dio en plena crisis sanitaria del COVID-19, en el año 2020. “Yo entré en pandemia, básicamente mis tres primeros semestres, incluidos nivelación, fueron todos virtuales.” Regresar a la universidad después de la cuarentena representó para Jéssica un descubrimiento de la ciudad que la rodeaba: “Por mucho tiempo no salía de mi casa, y cuando comencé la universidad presencial, empecé a conocer la ciudad, sobre todo el centro. Para mí sí fue una novedad”.
La creación de contenido tuvo un gran apogeo durante la pandemia, haciendo que personas comunes se convirtieran en influencers al registrar su día a día en redes sociales. Para Jéssica, estar al tanto de estos creadores significaba no perder contacto con la realidad física y los micro-mundos que se alojaban en la ciudad de Guayaquil: “Me pasaba mucho que yo seguía a personas de la universidad para estar al tanto de la U, y había chicas que subían cosas como ‘Locales de comida china’, y había otra amiga que subía ‘Pulgueros en el centro que debes conocer’. Todo esto en pandemia, porque en pandemia sí pasó mucho que amigas se hicieron influencers. Y claro, ellas sí salían, porque eran emprendedoras, pero yo no salía. Entonces, cuando ya tuve esta oportunidad de salir, porque ya empecé a ir a clases, dije: voy a ir al local que me recomendó hace mucho tiempo esta amiga.”
El corazón de la ciudad no es solo la locación de la universidad donde Jéssica estudia, sino también un espacio que reúne nichos y comunidades, donde se llevan a cabo eventos culturales y manifestaciones artísticas, además de concentrar gran parte del comercio. El centro de Guayaquil se convierte así en un lugar difícil de encasillar, pero lo que sí es seguro es que el centro es Guayaquil en su máxima expresión. Luego de los meses de encierro, Jéssica se pudo reconocer a sí misma como una caminante más de esta urbe tropical, dominando el acto de vitrinear: “De alguna manera, así comencé a conocer el centro y me empecé a interesar por todas las curiosidades que una encuentra. Una de mis partes favoritas del centro es esta calle de telas, en la que siempre hay ofertas y cajones de telas gigantes. Y dices: ¡Esto me podría servir para un proyecto, esto me podría servir para otra cosa! Es como un tesoro. Son este tipo de lugares que uno conoce porque, como se dice, está pataperreando en el centro, caminando por ahí. Ahora mismo, es una parte importante de mi personalidad. Me gusta mucho encontrar lugares y materiales curiosos en el centro.”
Si pudiéramos describir a Jéssica en una palabra, sería adaptable. Su cualidad de artesana le ha permitido usar su ingenio y creatividad para adaptarse a distintos roles dentro del cine. Nunca ha renegado de las oportunidades que la reinvención le brinda, y una de sus diversas facetas en el cine ha sido la dirección de arte, que consiste en el diseño de los sets y en la caracterización del vestuario y maquillaje de los personajes. Jéssica cuenta cómo fue su primera vez ejerciendo este rol: “He hecho dirección de arte algunas veces. La primera vez que hice dirección de arte fue para un corto de laboratorio de rodaje 2, que fue un trabajo grande, porque era un cortometraje de 20 minutos, con una producción compleja, porque era muy importante el vestuario, la caracterización de los personajes y la escenografía de un auto. Para personalizarlo, había que buscar las telas y estar cubierto de escarcha.”
El rol de directora de arte es clave en el storytelling, ya que no solo requiere minuciosidad desde el punto de vista decorativo, sino también para no perder la verosimilitud de la historia. Esto lleva a Jéssica a refundirse entre las multitudes acaloradas de las calles del centro en busca de los objetos de utilería que se adecuen a su relato. En esta práctica, ella ha podido conocer y conectar más con la ciudad: “La carrera me ha movido de cierta manera a conocer estos lugares, y no me había dado cuenta de lo mucho que me gusta caminar por el centro y encontrar lugares de tela, de papelería, de bricolaje, hasta que empecé a hacerlo. No me imagino sin hacer eso. Tengo que hacerlo una vez al mes, como terapia.”
¿Crees que el hecho de ser de Guayaquil te define de alguna manera particular, en comparación con otras personas que estudian cine en otras ciudades?
A pesar de haber habitado en la Perla del Pacífico desde su nacimiento, Jéssica no dimensionaba aún la variedad de lugares que conformaban la ciudad. Apenas conocía ciertas zonas del norte, cerca de su hogar, por lo que se le dificultaba identificarse con la idea de una posible identidad guayaca: “En cierta medida, cuando recién entré a la Universidad de las Artes, no me sentía guayaca. En el colegio no salía de mi casa, solo estaba en mi computadora. Yo crecí en Guayacanes, la que queda aquí por Sauces, y siempre han sido mis zonas de andar: Guayacanes, máximo hasta el San Marino; como que todo el norte. Luego me cambié más lejos, a Mucho Lote 2, y es como un mini-pueblo: tienes todo en ese perímetro, así que no hay necesidad de salir tanto. Cuando tocó pandemia, volví a vivir en Guayacanes, pero claro, no salía. Estuve dos años, solo yendo de Guayacanes a Mucho Lote”.
Ingresar a la universidad obligó a Jéssica a inmiscuirse en otros espacios, lejos de su barrio, Guayacanes, haciéndola testigo de las diferentes caras que Guayaquil tiene para mostrar:
“Mi único referente de la ciudad era la autopista de Narcisa de Jesús. Entonces, cuando entré a la universidad y empecé a ir al centro, y a más lugares porque ya tenía más amistades, por los trabajos de la U me tocaba ir al sur, a otros lugares del norte, Pascuales, Bastión, y cosas así. A partir de andar por distintos lares de la ciudad, me empecé a sentir más parte de Guayaquil: “Ahí me empecé a sentir más parte de la ciudad, sí conozco mi ciudad, sí soy de acá y me gustó”.
La prontitud de la gran ciudad es incesante. Basta con introducir los pies en el asfalto de una calle concurrida para que una velocidad frenética se apodere de cada célula del cuerpo, haciéndolo desplazarse con prisa a destinos y rutas distintas: “Algo que me define de ser de Guayaquil es que siempre ando apurada, siempre ando con prisa porque creo que es algo real: todo demora mucho en Guayaquil, al menos lo que es transporte público, siempre hay tráfico, incluso en zonas que quedan muy cerca”. Para Jéssica, el transporte público es parte de su paisaje cotidiano. Es donde se traslada la mayor parte del tiempo: “Ando mucho en bus. Me gusta andar en bus y en metro. Sí, diría que prefiero andar en metro que en bus”.
Al entrar en contacto frecuente con las economías locales, inevitablemente, Jéssica ha ido desarrollando cierta sabiduría de buscadora-compradora. Y aunque aún no maneja con destreza el don de regatear, sabe que en una ciudad tan poblada siempre habrá más de una opción: “No me quedo con lo que me venden, sé que en otro lugar lo puedo encontrar a mejor precio. No sé regatear todavía, pero me gusta averiguar varias opciones”. Como ocurre con las películas, que permanecen grabadas y olvidadas eternamente, sin poder ser vistas, en una extensa lista de pendientes, porque simplemente no hay vida suficiente para mirarlas todas, así también son las tiendas que visita Jéssica: no hay tiempo suficiente para rebuscar todas las opciones que ofrecen: “Quizás por eso siempre ando apurada, porque siempre ando viendo las opciones, porque no me alcanza el día para moverme por toda la ciudad”.
Con la situación actual de Guayaquil, una ciudad azotada por la violencia, ¿cómo crees que este fenómeno se percibe en el cine local? En relación con la delincuencia y el clima político, ¿se refleja en las propuestas artísticas, como los cortometrajes en los que trabajas? ¿Lo notas más en la narrativa o en los modos de producción? ¿Cómo lo has experimentado tú personalmente?
La violencia se esparció como un virus, disminuyendo las posibilidades de encontrar espacios inmunes a ella y dificultando incluso las maneras en que, en algún breve momento, se concebía el cine. Jéssica entendió esto mientras trabajaba en El Juego de Quirón (2022), su primer cortometraje en la materia Laboratorio de Rodaje, una clase impartida en la Universidad de las Artes, que tiene como objetivo seleccionar tres cortometrajes de los estudiantes para que sean producidos en ese semestre: “Me acuerdo que para mi cortometraje que grabé en Lab 1, era en exterior, en un parque y con niñas. Entonces, conseguir la locación era complejo, porque tenía que ser en una zona que no fuera insegura, en la que no nos vayan a robar equipos, en la que no estemos expuestos a peligros y que funcione para la historia”.
El equipo debía evitar cualquier situación perjudicial y tomar precauciones para no enfrentarse a tragedias, pero, como principiante, Jéssica aún conservaba algo de optimismo en su rol de cineasta, ignorando los posibles peligros que la ciudad escondía:
“Recuerdo que una vez, haciendo scouting, nos perdimos en Mapazingue y encontramos un parque que era perfecto para la historia. Pero cuando entramos al parque y empezamos a ver lo que había allí, había una banda de chicos con cuchillos. No nos hicieron nada, no es como que pasó algo, pero claro, nosotros no éramos de ahí y estábamos invadiendo su espacio, lo cual podía ser peligroso. Me acuerdo que le dije a Briggitte (productora del cortometraje), “¡Es que este parque está hermoso, ahí hay que grabar!’. Y ella me dijo ‘No, no vamos a grabar aquí”. Esta experiencia fue un antes y un después para Jéssica, especialmente en cuanto a las implicaciones éticas en los rodajes de cine:
“A mí sí me pegó full, porque es un golpe feo de realidad, saber que hay partes de la ciudad a las que no puedes acceder porque no eres de ahí y no conoces las dinámicas de esos lugares. Yo, en mi ignorancia y en mi idealismo tonto, pensaba: “Pero si hablamos con la gente de la comunidad y los incluimos en el corto, de pronto nos va bien. Y podía pasar, siempre hay esa posibilidad de reinserción y comunidad, pero claro, éramos un grupo de Lab 1”.
El rodaje de El Juego de Quirón (2022) se llevó a cabo sin novedades. Se priorizó la seguridad del equipo de trabajo y lograron completar la jornada sin inconvenientes. Sin embargo, algo inesperado ocurrió una semana después de haber culminado la grabación del cortometraje: “Al final terminamos grabando en Ceibos, en un área más ‘segura’, pero algo que pasó una vez que ya terminó el rodaje, fue que mataron por sicariato al líder de la comunidad de ese parque. Nosotros terminamos de grabar un domingo y el jueves de la siguiente semana, lo habían matado. Fue fuerte enterarnos, porque, chuta, esta es la realidad ahora. Bueno, no nos tocó pasarlo con niñas pequeñas ni con el equipo, pero eso era lo que podía pasar. O sea, ¿qué tal si decidían matarlo el domingo cuando estábamos grabando? Fue un golpe de realidad”.
Su cine, en gran medida, refleja las problemáticas que la rodean. Esto lo dejó claro en un documental que realizó en un taller de la universidad, en el que abordaba el uso de rejas debido a la creciente inseguridad en el barrio de Guayacanes: “Mi docu iba sobre eso, hablar un poco del barrio, de cómo es distinto vivir con rejas. Porque sí pasa que ya pusieron las rejas y no las van a sacar, y en el futuro, quien venga a vivir aquí va a decir ‘Bueno, estas rejas han estado aquí desde siempre’. Pero para mí era importante retratar que no ha sido así siempre, que hubo un antes, y que si las pusieron fue por una razón, y esa razón fue el aumento de la inseguridad”.
Jéssica hace énfasis en que no es una problemática exclusiva de su vecindario, sino algo que ocurrió a escala nacional y que fue adoptado por los barrios afectados como mecanismo preventivo ante la crisis de inseguridad: “Porque claro, no es algo que le pasó solo a Guayacanes, sino a muchos barrios: Garzota, Alborada, Mucholote 1... y eso solo es lo que contamos. Porque es algo que pasó a nivel de la ciudad: esto de poner rejas en cada peatonal”.
A pesar de la ola de violencia, Jéssica considera que su barrio aún no ha llegado a un punto crítico y conserva algo de tranquilidad: “Cuando grabé ese docu, que fue a mediados de 2023, ya estaba esto de la inseguridad, pero de alguna manera, como grabé en mi barrio con la gente que conozco (era un equipo pequeñito también), no hubo tanto ese problema de sentirnos inseguros. Con los vecinos sí se sintió ese cuidado, digamos, que en ese sentido no hubo condiciones malas de producción, fue tranquilo. Teniendo en cuenta que Guayacanes, a pesar de la delincuencia, no ha dejado de ser tranquilo. Sí se escucha mucho de secuestros, sí se escuchó después de los cortes de luz, pero aun así, hay barrios más peligrosos, hay barrios que la están pasando peor”.
Una de las experiencias más aterradoras ocurrió en otro semestre de Laboratorio de Rodaje, durante un cortometraje, donde debían grabar de noche en un vehículo en movimiento: “Era una producción más grande y, en la noche, recuerdo que tuvimos un intento de robo. Una de las escenas del corto era grabar en carro por la ciudad, porque los personajes iban manejando. Estábamos en el cruce de Urdesa y el centro, y vimos que un carro sin placas nos empezó a seguir. Entonces estábamos con las cámaras afuera del carro, y tuvimos que subir y manejar durísimo de vuelta a la locación. Todo el mundo se asustó, porque ahí ya había avanzado la delincuencia un poco más. No estaba tan fuerte como este año, en el sentido de que, digamos, que en este año se ha duplicado el número de bandas, en ese tiempo creo que solo te robaban y ya, no había tanto esos problemas entre bandas”.
Al priorizar la integridad del crew, los estudiantes de cine han logrado escapar de situaciones peligrosas. Sin embargo, aún hay algo de lo que no han podido huir: los estigmas.
“Hemos tomado tantas precauciones que, al menos en los rodajes en los que he estado, no ha vuelto a pasar algo similar, probablemente debido a las medidas de seguridad, como grabar en interiores y evitar zonas rojas. Pero algo de lo que no puedes escapar es el prejuicio, y la realidad de que hay zonas a las que no puedes acceder. Algo que fue complicado fue conseguir transporte para varios actores, especialmente uno que vivía en la Isla Trinitaria, porque los taxistas no querían ir allá. Decían ‘Uy, por allá no voy, allí me roban el carro’”.
El prejuicio agrava la situación de inseguridad, dejando a la deriva a quienes habitan en barrios olvidados y estigmatizados, poniéndolos en mayor riesgo: “Es algo complejo, porque al final del día, hay personas que viven allí. El hecho de que no haya acceso fácil lo vuelve aún más peligroso, porque no tienes un carro con el cual ir. Dependes solo, quizás, de los buses, que no pasan hasta cierta hora. Es algo de lo que no puedes escapar, yo creo. Puedes tomar precauciones, vivir en una burbuja, como nos pasa un poco en la universidad. Porque, de alguna manera, el centro es relativamente seguro a ciertas horas (aunque, bueno, más o menos, igual ha habido varios secuestros cerca de la U), pero pasa que nos olvidamos de la situación debido al entorno en el que estamos. Pero, al final del día, es algo de lo que no puedes escapar. Así tomes todas las precauciones, te puede pasar.”
¿Cómo fue tu experiencia acercándote al cine? ¿Qué te llevó a interesarte por él y qué fue lo que te inspiró?
En su adolescencia, Jéssica comenzó a notar las primeras chispas de inspiración para dedicarse al arte, cuando una fundación visitó su salón de clases para ofrecer cursos y becas en actividades artísticas: “Mi primer acercamiento al arte fue a los quince años, gracias a unas becas que ofrecieron en mi colegio, para teatro, cine, danza y modelaje”. La curiosidad por estos cursos permeó sus pensamientos, y cuando regresó a casa, le pidió a sus padres que la inscribieran en estos programas vacacionales. Sin embargo, se encontró con respuestas negativas: “Recuerdo que el curso costaba diez dólares, era súper barato. Entonces, le pedí a mi mamá que me inscribiera. En ese momento, a los quince años, yo no salía mucho de casa, pero tenía muchas ganas de vivir y experimentar. Le dije a mi papá: ‘En las vacaciones, antes de entrar a cuarto de bachillerato, métanme en algo, en cualquier cosa’, y él me respondió: ‘¿Cómo así? ¿Desde cuándo quieres salir de la casa?’”. Esta revelación provocó una pequeña discusión con su padre, quien cuestionaba su repentino interés en estar fuera de su hogar. Además, la realidad económica de la familia complicaba el acceso a estas actividades: “No pasó nada en esas vacaciones, principalmente por lo económico, porque claro, no vengo de una familia de clase baja, pero siempre hemos tenido lo justo. Los cursos de arte, en general, sí tienen un costo, no son tan baratos, y además, los materiales necesarios también tienen su precio. Yo nunca había tenido la oportunidad de entrar a un curso de arte a menos que fuera gratuito o muy barato, porque la economía no lo permitía”.
En medio de la conversación, Jéssica recordó que había tenido un primer acercamiento con el arte a los doce años, cuando participó en un taller de pintura: “A los doce vi un curso de pintura en Las Peñas, lo vi con mi mamá y mi hermana. El curso lo daba un profesor llamado Camacho (Marcelo Camacho Ronquillo, pintor guayaquileño), y era ofrecido por una fundación. Era gratuito o a muy bajo precio. Allí aprendí las bases de la composición y la pintura. Fue muy útil, hasta hoy utilizo los bocetos que me enseñaron”. Luego, a los quince años, esa espinita por lo artístico seguía viva: “A los quince, pensaba ‘bueno, quizás lo artístico es lo que me gusta’”.
Jéssica nunca abandonó la posibilidad de los cursos artísticos, y a pesar de la reacción de su padre, aplicó para una beca que ofrecieron las personas que visitaron su colegio, adentrándose en una etapa que marcaría su destino: “Estas personas llegaron y fue como una revelación. ¡Justo yo quería probar algo y ellos llegaron ofreciendo becas! Entré al programa y elegí teatro”.
Ella misma se pregunta: “¿Por qué teatro y no cine?”. Y se responde: “Estaba en la mentalidad de que el cine me gustaba, pero pensaba que el teatro me ayudaría a conocerme mejor. Así que elegí teatro, y me fue bien. Terminé el curso, que duraba tres meses. Durante ese curso, hicieron audiciones para un grupo de teatro que iba al Festival de Artes Vivas de Loja. Hice la prueba, y me fui con ellos. Allí pude ver los teatros gigantes de Loja, y estar con gente de la Universidad de las Artes, que eran estudiantes, pero que ya estaban más cercanos al arte”. Fue en ese grupo de teatro donde Jéssica vio a la Universidad de las Artes como una opción para profesionalizarse tras culminar el colegio: “Y me gustó, así que pensé ‘De pronto la Universidad de las Artes podría ser mi opción’. Permanecí en el grupo hasta tercero de bachillerato y duré casi dos años y medio en el proyecto”.
Brito retoma la pregunta pero la reformula: “¿Por qué quise estudiar cine y no teatro cuando hice la prueba de la Universidad de las Artes por primera vez?”. Y nuevamente se responde: “Porque, tras haber experimentado el teatro, me di cuenta de que no quería seguir un libreto. Me gustaba actuar y darle vida a un personaje, pero lo que no me gustaba era que no eran mis historias. Era yo poniendo el cuerpo para algo de otra persona. Entonces, en el cine vi la posibilidad de contar mis propias historias, y así postulé”.
La universidad representaba una puerta con rastros de luz del otro lado, pero antes de cruzarla, Jéssica fue golpeada por el rechazo: “En la primera entrevista me rechazaron, porque no sabía nada de cine, y había ido para teatro. Recuerdo que en la prueba básica de escritura me fue bien, pero en la entrevista no me fue tan bien. Ayuné (en jerga de internet, es lo contrario a devorar)”.
Jéssica, decidida, abrió nuevas puertas: “Cuando me rechazaron, pensé ‘Chuta, ya no voy a graduarme y entrar directamente a la universidad’. Probé distintas opciones, todo sabiendo que serían difíciles, porque estas opciones eran pagadas”. En su búsqueda, encontró un curso de cine donde aprendió nociones que le ayudaron a entender mejor el mundo del cine: “Recuerdo que fui a un par de cursos que ofrecía la Universidad Católica para ingresar a su carrera. Ahí conocí un poco de dirección de arte y guion, y me gustó. Pensé ‘esto es, aquí tengo la oportunidad de crear desde cero’”. La pandemia interrumpió su proceso, pero Jéssica lo tomó como una oportunidad para seguir aprendiendo: “Estaba moviéndome fuera de la UArtes, buscando opciones, y en marzo todo se detuvo con el encierro. No sabía qué hacer, así que empecé a hacer muchas fotos y autorretratos para mantenerme activa. También vi muchas películas, y me uní al cineclub de Butaca Paradiso. Ellos hacían sesiones por Zoom, y ahí empecé a conocer más sobre cine”.
Jéssica volvió a postular a la Universidad de las Artes, esta vez mucho más preparada: “Volví a postular, hice todas las pruebas, y como ya había visto cine e investigado mucho, recuerdo que investigué a los profesores que iban a estar en la entrevista. Me acuerdo que uno de ellos era Jorge Flores, y el otro Pablo Vargas. Como ambos tenían documentales, investigué bastante sobre documentales. Cuando me preguntaron qué me gustaba, respondí: ‘El documental me encanta, me interesa mucho la docuficción’. Y esta vez sí me aceptaron”. Después de este éxito, Brito comenzó a participar en convocatorias, como la de ‘Correspondencias Filmadas’ de la productora El Viaje Sin Fin. Aunque no fue seleccionada, la experiencia la motivó a seguir el camino del montaje. También aprendió a usar programas de edición y comenzó a montar sus propios cortometrajes con el material que filmaba.
Siendo Guayaquil una ciudad con un ambiente tan hostil, ¿cómo crees que los jóvenes pueden acercarse al cine sin tener el temor de no poder grabar en ciertos lugares o de no poder siquiera sacar una cámara? ¿Qué les recomendarías a quienes quieren hacer cine en esta ciudad?
Jéssica entiende que todo depende de las circunstancias, por lo que no se arriesga a tomar a la ligera las recomendaciones: “No sé si les recomendaría hacer todo afuera. Creo que, en las historias que te conté, ya estábamos en un contexto de inseguridad, pero, de alguna forma, no pasó nada. Fue gracias a la ayuda comunitaria, hubo mucho apoyo de las personas, resguardo de la comunidad y del UPC. En el caso de mi corto, también hubo cuidado por parte de los vecinos, y además yo conocía la zona”.
Brito destaca que la creación de redes de apoyo en las comunidades ha sido fundamental para rodar bajo condiciones que, aunque complicadas, no resultaron peligrosas: “Creo que el punto en común para rodar en condiciones que no sean tan preocupantes es, principalmente, la vinculación con la comunidad. Eso y un poco de suerte”.
No obstante, reitera que esas han sido sus experiencias, y que la diferencia de contextos puede alterar el desarrollo de una grabación: “Pero yo no sé si estaría en la posición de decirles a los jóvenes que graben todo afuera y sean libres. No es lo mismo en todos los contextos, y sería irresponsable de mi parte decir que se puede grabar en cualquier lugar. Mientras tengas un lazo con la comunidad, eso puede ayudarte, pero también hay factores que escapan a esa comunidad, que no podemos controlar. No podemos cerrar los ojos y pensar que los problemas de las bandas no nos afectarán. Hay tantas cosas que pueden pasar, y creo que no estamos exentos de ello. La recomendación sería cuidarnos, pero no de forma individual, sino colectivamente. Al menos eso es lo que he notado que realmente funciona”.
Parece que Jéssica resistió todos los obstáculos que intentaron triturar su camino hacia el sueño que siempre tuvo, y caminó sobre ellos hasta llegar al lugar donde quería estar. Actualmente, sigue inmersa en su búsqueda creativa, constantemente inspirada por la espontaneidad de sus ideas y el quehacer artístico. Recientemente, participó en el festival de cine feminista EQUIS con su cortometraje ‘Abrazada’ (2025), donde obtuvo el tercer lugar en la categoría de cortometraje creativo. Además, su obra fue parte de la sesión de votación pública, lo que representa un reconocimiento significativo en su joven carrera.
Brito es una cineasta guayaquileña, pero esa es solo una respuesta breve para un enigma mucho más complejo: ¿Quién es Jéssica Brito? La respuesta es aún más desafiante que la pregunta misma, porque ella está en constante cambio, lo que le impide ser encasillada en una categoría fija. Confabulada con su imaginación y siempre fiel a sus instintos, no hay una única forma de entender quién es Cabrito. Solo nos queda ser testigos de sus andanzas y seguir sus pasos impredecibles, los cuales, incondicionalmente, nos fascinan más y más con cada nuevo movimiento.



