Comentario: Nota después de una relectura de La vida privada de los árboles
Por Kathya Carvajal
Leí La vida privada de los árboles el año pasado, quizá en febrero o marzo, después de haber ingresado en el universo de Zambra en diciembre, a través de Bonsái, su primera novela. No la volví a leer, no porque me disgustara, sino porque, de todo lo que he leído de mi amado chileno, es la que menos me ha gustado. El periplo fatalista de Emilia y Julio es demasiado deprimente; no quiero volver a ser parte de él, al menos por ahora.
Esta semana releí La vida privada de los árboles en físico. Por su título y por las páginas trece y catorce, en la edición de Anagrama publicada en 2022, el lector podría pensar que la historia en la que está a punto de introducirse es como dos brazos que lo acogen en un cálido abrazo: Julián, un padrastro, le cuenta a su hijastra Daniela relatos sobre distintos tipos de árboles que dialogan entre sí durante sus eternas estancias en un parque. Todo esto mientras esperan a que regrese Verónica, pareja de Julián y madre de la niña, quien está en una clase de arte.
Masoquistamente, conociendo el rumbo que toma la novela después de esas páginas, caí en mi propia trampa durante esta segunda lectura. ¿Y cómo no enternecerse con una imagen tan sencilla y conmovedora a la vez, que además refuerza la idea de los lazos familiares más allá de lo biológico? Luego, ese abrazo se convierte en una presión asfixiante. Inesperadamente, esos brazos nos abandonan, y aunque recuperamos la respiración, lo que sigue es pura melancolía.
Zambra escribe en la página dieciséis: Verónica no ha regresado de su clase de dibujo. Cuando ella regrese, la novela se acaba. Pero mientras no regrese, el libro continúa. El libro sigue hasta que ella vuelva o hasta que Julián esté seguro de que ya no va a volver. (Zambra, 2022). Esas líneas son amenazantes. No puede ser que el texto inicie con tanta ternura y humor entre un padrastro y su hijastra, para luego soltar que hay una alta probabilidad de que Verónica nunca más regrese. Si esto sucede, los relatos de los árboles podrían extinguirse, sofocados por la angustia y el duelo que los devoraría. O por la desesperación de quien, de un momento a otro, pierde a un ser querido sin rastro: no hay cuerpo, no hay voz, no hay nada.
Esta novela me transporta a mi infancia, a esos días en que mi mamá tenía que salir y yo me quedaba sola en casa. Cuando se acercaba la hora pactada y ella no llegaba, la angustia se apoderaba de mí y derivaba en conjeturas pesimistas sobre qué podría haberle pasado. Y bueno, aún se mantienen. Pero Julián enfrenta una ansiedad aún más intensa. Su espera dura toda una noche. Durante esas horas divaga entre memorias y dudas: recuerda su niñez, su vida antes de conocer a Verónica y Daniela, su llegada a esa familia de tres integrantes. Reflexiona sobre su lugar en ella y se compara con Fernando, el padre biológico de Daniela. También hay saltos al futuro, donde imagina una vida sin Verónica y especula sobre el destino de Daniela en su adultez.
Durante esta segunda lectura, sentí que estaba en la habitación azul junto a Julián y Daniela, en vela con él, esperando noticias de Verónica. Y cuando Julián empieza a rememorar su vida y a imaginar su futuro, lo miraba en silencio, sin saber qué hacer. Julián y yo tememos a lo que va a ocurrir en cualquier momento. Tememos a la certeza de que, en efecto, hemos perdido y volveremos a perder a un ser amado. En mi caso, sin haberlo experimentado de la misma forma que Julián, el terror es mayor: ¿qué haría en una situación así? No lo sé. No quiero saberlo.
Por eso esta novela me resulta terrorífica: es un espejo de lo que puede pasar en dos horas, mañana, dentro de cuatro años o en cualquier momento. Es un reflejo de la vida, con sus momentos de ternura, como los que comparten Julián y Daniela, y sus momentos terribles, como los que les esperan, aunque no estén escritos.
El pasado nos sirve para escabullirnos del presente; el futuro, para esquivar el ahora. Pero, al final, los tres nos consumen, o lo harán. Sí, estoy exagerando. El desenlace que Zambra da a la novela no es triste: es gracioso y tierno, como el ochenta por ciento de la obra. Sin embargo, es imposible no sentirse conmovido. Es una lectura que evoca nuestros miedos. Aunque nos dejemos llevar por las escenas entre Julián y Daniela, tarde o temprano nos estrellamos contra el tormento: la ausencia de lo querido, de lo amado. Esto, en el día a día, puede ser peligroso: perder de vista la línea entre ficción y realidad, que puede difuminarse en la novela de Zambra, pero no en nuestras vidas.
La prosa, sencilla pero extraordinariamente cuidada, convierte lo cotidiano y los sentimientos que todos guardamos en un texto profundamente conmovedor. Como menciona Margarita García Robayo en el epílogo: sería impreciso y pobre decir que admiro la obra de Zambra, porque no se trata de admiración sino de gratitud.
Bibliografía:
Zambra, Alejandro. La vida privada de los árboles. Barcelona: Editorial Anagrama, 2022.


