Cuento: Camino de regreso a la isla que atardece
Por Ana Espinoza Chonillo
Viernes. Cinco y cuarenta de la tarde. Entro y salgo del balcón. Veo la calle llenarse de mujeres y niños, que regresan del fondo. Sus huellas de sal brillan en el asfalto, y el agua del estero les ha dejado la piel verdosa, parecida a la de los bagres chiquititos que han capturado.
En esta isla todos han olvidado a las que ya no están, y en tardes como esta, siento con fuerza el peso de la complicidad y la injusticia. Intento escribir, pero es más difícil ver tantos nombres en las estadísticas como simples datos que pronto se archivarán. Se ha vuelto cotidiano que el estero reciba, de vez en cuando, algún bulto de carne descompuesta.
Desde el balcón veo el agua y a los niños jugar, se lanzan a ella una y otra vez, sin descanso, mientras sus madres tratan de pescar. Al verlos, no puedo evitar sentirme distinto. Yo no soy como ellos y no pertenezco a este lugar, me digo. Los ojos de mi madre se posan sobre mí, como recordándome que no es así, pero después de todo, ¿qué sabe ella?
Le echo la culpa de mi desidia a la soledad y al oficio de periodista de medio tiempo. ¿Tendré el destino de mamá? Vivir aquí hasta que el yodo carcoma mis huesos. Quedarme aquí, nunca irme, abandonarme, volverme viejo, un viejo llorón que observa y critica, pero que no hace nada. Al final, también soy cómplice del horror.
Veo el mangle que está al otro lado del agua. Lo veo y pienso que en algún momento podré escarbar esas raíces acuáticas y encontrarla. Me adentraré en él con valentía para buscarla. Quizás, algún día, ese pedazo de mar me devuelva algo más que aire salado.
Dicen que las velas ayudan a las ánimas a encontrar el camino hacia el descanso. Hoy enciendo una y la coloco junto al cuadrito de María Auxiliadora que me heredó ella. Salgo otra vez al balcón. Soy como el pajarillo de los relojes de pared de las caricaturas en blanco y negro, que disparado corría fuera de su guarida, para después guardarse y esperar otra hora para salir. Aislado. Cucú, cucú, cucú.
—Ni un churo, ni un mejillón. Escucho que le dice una madre a su pequeña, mientras pasan por mi calle.
Dirijo mi mirada al agua. El efecto del sol sobre el agua verde encandila mis ojos. Veo a algunos efebos retozar y divertirse. Brillando. Soberbia innata. Mi pensamiento se instala y se vuelve agua. Las paredes de mi habitación sudan a cada hora un millón de capullitos grises, que después serán ciempiés. A veces, imagino que llenan mi boca; a veces, sus minúsculas patas recorren mi cabeza, pero despierto y la sal lo ha absorbido todo. El transcurrir de mis días se ha vuelto repetitivo desde hace algunos años.
Ese olor, ese olor viene a mí cada tarde sin importar lo que pase. Yodado, fangoso, podrido, violento… se quedan en mi lengua esas partículas de mar. Me hago líquido. Estoy lejos, pero he probado de esas aguas sin haber estado sumergido en ellas.
Yo soy diferente, no pertenezco a ellos. Pero los envidio, lo envidio todo. Sus siluetas azules, sus conversaciones a gritos. Odio que no quieran ver, y me revuelve el estómago pensar que ellos no puedan ver lo que yo veo.
El color morado noche abraza la tarde, y se siente como si fuera el último atardecer de la isla. Son las seis y cincuenta. Del fango empieza a desprenderse un hedor muy fuerte. Por la acera va Abigail, tambaleándose ligera, me ve y hace un ademán de saludo con su mano, como una figura aristocrática en decadencia. Es la misma chica trans a la que dejaron botada al pie de su casa, con una abertura profunda en el cuello. Sí, ella, raquítica. Su sonrisa forma muchas arruguitas alrededor de sus ojos.
Poco a poco van apareciendo las demás. Unas me sonríen directamente, otras más avezadas se acercan, dejando en el aire de esta isla condenada, un rezago de humanidad. ¿Puede un cuerpo que no existe, demostrar afecto? Puedo asegurar que sí. Ellas se acompañan, están juntas. Las niñas corretean y juegan entre ellas. Se distinguen del resto por el olor sulfuroso que dejan al pasar.
La mirada de mamá se aferra a mí. Cuando cae el día, el fondo de la isla, poblado de matas de tamarindo y maleza, se vuelve hostil. Los mosquitos y demás bichos se adueñan del lugar y reproducen un zumbido molesto y gutural que irrita, a mí me irrita mucho.
Evado su presencia y me refugio en el balcón. Un grupo de vecinos -casi corriendo- se dirige hacia allá.
—Es que al nieto de la tiendera se le ha metido el diablo.
Madre está en una esquina del cuarto y no quita de mis huesos su mirar de lechuza. El grupo de curiosos es grande. No hay mosquitos ni maleza que les ahuyenten del lugar. Las señoras evangélicas van cantando alabanzas y pidiendo que se quemen a los santos católicos de la casa del niño. Infructuosamente trato de escapar de los rumores y deseos de querer prenderlo todo de las vecinas.
—El niño está tirado en el suelo y tiembla como loco.
—Bota baba y maldice. Ahhh, y no dice más que: 121, 122, 123, el mundo se va a acabar… 121, 122, 123 el mundo se va a quemar…
La tierra tiembla despacio como avergonzada. El ruido de las sirenas se vuelve un estruendo chillón y el aire yodado se contamina de humo. Una chispita llega hasta el poste de energía eléctrica, haciendo un cortocircuito y dejándonos a oscuras. Algunos gritan se fue la luz y yo me esfuerzo por ver, pero duele, y mucho. Siento como si me hubieran arrancado los ojos.
121, 122, 123. 121, 122, 123.
El fanatismo combinado con fuego resulta en mala combinación. Son las siete y más. El tímido fuego de las velas me brinda algo de claridad. Me muevo a tientas, alcanzo sus piernas frías y ásperas, las reconozco en esa noche que no tendrá luna. Sollozo entre sus faldas y siento miedo. Vuelvo a ser un niño, su niño.
—Llegó la oscuridad quitándole el demonio de encima al chiquillo. Llegó la oscuridad.
El barrio se inunda de los Aleluya, gloria a Dios de las señoras aliviadas y sudorosas que agradecen que el demonio al fin salió del cuerpo del adolescente.
Los ánimos de los vecinos se apaciguan y el barrio enmudece por un rato. Una sensación de desasosiego me ataca, y pienso en mamá y sus huesos ausentes, huesos lodosos que habitan ese pedazo de mar, tan cercano a mí. Pero ella se va a pesar de mis ruegos, se va, se va. A tientas la alcanzo y le tomo del antebrazo. No nos decimos nada y caminamos hacia el fondo lleno de bichos y manglar, lleno de gritos silenciados. Huele a sal y a pérdida en esa noche Capricornio.

