Poesía: Bruma
Por Luis Alberto Illescas
Se deslizaba en silencios ininteligibles, como si cada gesto fuera un lenguaje que solo el olvido comprendía.
La bruma, voraz y paciente, devoraba toda evidencia del acto, borraba huellas, apagaba destellos y se tragaba el último suspiro de lo real.
En medio de aquel espesor quedaba apenas la sospecha de un cuerpo sólido, aunque quizá inexistente… vacío, humo, ruido, caos, una suerte de posibilidades deshechas.
Todo lo envolvía, como si el universo lo hubiera reducido a un beso de Judas, a un parpadeo extraviado entre mundos.
El ser parecía hundirse en su propia desmemoria. Olvidaba la forma de sus manos, el peso de su voz, el sentido de su origen y las melodías que tocaba una y otra vez.
Olvidaba incluso que existía.
Y así, sin resistencia, se dejó caer en el regazo de la nada.
Allí, donde no hay tiempo y donde la eternidad no es más que un silencio que nunca aprendimos a escuchar.


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