Poemario: Abismo de los ápices
Por Laura Nivela
“Un cuerpo que no conoce la interrupción”
Emanuel Coccia
Perdidamente vivos
El baile es el mayor detonante del cuerpo, o mejor dicho, el placer que recorre cada músculo mediante una respiración llena de furia, furia, furia que luchamos por desencadenar en otros cuerpos. Somos como el nado de una ballena en medio del océano, completamente sola dando vueltas en espiral, hasta sentir cómo los dedos de un extraño se concatenan con los nuestros, dedos que han tocado al mundo entero. Dedos que han buscado llenar los vacíos de la ciudad y sus cuerpos húmedos.
Siempre la mano es y será la mayor conexión con la piel del otro. La mano llama a los huesos, a los órganos, a creer en las otras sintonías de la piel en su máxima expresión. Este ápice entiende la muerte y la vida como un lenguaje donde las uñas se alimentan entre sí para convertirse en conexiones inseparables de lo que algún día llamaremos distancia.
Apocalipsis
Un cuerpo bípedo doblegado a la atmósfera, un cuerpo ceibo, una mano con diez piernas que desean ir a varios lugares para convertirse en raíz con uñas que se transforman.
A Lamia le contaron que si se cortaba los dedos de las manos en los atardeceres, su cabello se convertiría en raíz y sus pies en incendios.
Una mano haciendo inmersión en el caldo primigenio, abriéndose para ser vientre, océano, río, semilla. Una mano recordando que no es bípedo sino tentáculo cortando desde adentro de su piel para crear una boca que tendrá un tallo brotando de la herida. Una lengua-tallo siendo en la piel. Hoja, por siempre.
Todos mis dedos se convertirán en mundo.
Las pestañas son manos / Las manos son pestañas / Los dientes son dedos que brotan desde el cerebelo / Los dedos son dientes disfrazados de uñas / El abdomen son dos manos multiplicándose como células / El ombligo es una cadena de manos que traspasan la memoria / La vagina es la apertura de la palma / El recogimiento de las pestañas / Las fauces de una venus / La resistencia a la muerte.
Hoy no quería abrir las manos y moldear cuerpos, tampoco abrir las palmas y escupir semillas. Hablo de no hablar, de no sentir las neuronas en las huellas dactilares como lágrimas. Manos que desean aplanarse en placas tectónicas y succionar lava. Estrellas de mar en las rocas. La verdad es que el cuerpo es la sombra de la mano en el caldo primigenio.
Es un cuerpo cuadrúpedo tocando las teclas de un piano, acariciando miles de arañas bajo las piedras. Un piano contiene el mundo dividido en raíces y uñas. Una palma abriendo su centro como una vagina con pestañas escupiendo lenguas que hunden sus encías en el piano cuadrúpedo.
El estudio del cuerpo solo es posible entendiendo la creación y destrucción de las manos sobre otras manos. La acción atraviesa huesos, músculos e imaginación del cuerpo tentáculo.
El celular suena / llaman a la puerta / abren la cerradura / rompen una botella / toman una fotografía / pasan una página / agarran una cuchara.
Mi mano imagina que es la única en un mar que la acaricia, que la hunde y la hace tocar los abismos de los ápices, pero sigue creyendo que es única y que todas son sus lenguas. Que el final es su garganta repleta de piedras que contienen en sus jorobas la historia de los cuerpos bípedos.
La mano es memoria escarbando en lava, técnica retorciéndose en tácticas del débil.
Entre los cimientos de las ciudades
Entre las ruinas de los estómagos
Entre los monstruos deshilachados
A Lamia le dijeron que si entendía el lenguaje de los girasoles, sus uñas empezarían a parir medusas. Entonces, los campos se transformarían en icebergs y las medusas en intersticios.
En el espejo, el cuerpo es veinticuatro manos.
Por lo tanto, el espejo es solo una mano cancerígena.
Las manos saben que nada es permanente.
Todo lo que fue moldeado será presionado hasta la asfixia.
No hablo sobre la muerte del cuadrúpedo, sino de la muerte del bípedo, que en su última instancia se siente triste y escribe en el lenguaje de los cráteres. Manos disecadas, algo inentendible que entra por las fosas nasales y se guarda en el lóbulo frontal.
En medio de sus dos manos atmosféricas, se sentó y me dijo que la vida se le disolvía como un huracán en la palma,
como agujas en la pupila,
como agujas en los tímpanos,
como agujas dentro de la boca.
Déjame abrir el ombligo con el dedo del universo para enterrarte debajo de mi carne después de que todas las agujas te apuñalen.
Lamia se huele la piel
sabe que tiene un hombro
se huele la rodilla
sabe que tiene huesos
se huele las uñas
sabe que tiene deseo
se huele los nudillos
sabe que ama.
Colisión
Un siamés: cuerpos que se juntan y se derriten las espaldas.
Con la piel desnuda camina sobre el hielo.
Siente cómo cada corteza respira
y se hace líquido.
La tierra y la luna fueron un siamés.
Un aplauso.
Cada vez que juntamos nuestras manos somos Theia en el instante de su destrucción.
El universo de los siameses es un cuerpo sin órganos.
Con pequeñas partículas que se mueven en la boca congelada de uno de los siameses y que salen por la boca del otro, siendo bacterias que no paran de multiplicarse.
Las bocas de los dedos parieron a Venus.
Cerca del sol todo se transforma,
modificando genéticamente a la hoja,
a las bacterias.
Las manos crecen y recuerdan cómo eran antes:
ápices de cuerpos deseantes.
En la muerte,
ofrecí los sexos al cadáver.
Eran flores lilas sobre tierra mojada.
En el hueco: un muerto sin nombre.
Hay que renombrar el ápice perdido,
sentirlo como brazo fantasma.
La muerte es ápice fantasma del soldado:
sentir lo arrancado y fingir que lo podemos adherir otra vez a la superficie
es el comienzo de la locura.
Un soplo en la superficie
que al final del abismo
es el comienzo de otro.

