Ensayo: Abecedario de la espera
Por Kiersten Jungbluth
Tengo cinco años, casi seis. El mundo es enorme y está hecho de útiles escolares y gomitas agridulces. También está hecho de angustia, una angustia que no sé cómo describir aún. El tiempo para mí es algo extraño e incomprensible que no hace más que pasar con insistencia. Mis padres llevan más tiempo separados de lo que yo llevo sabiendo hablar. Mi comunicación verbal surge casi de la mano con los papeles de divorcio. Poco después de esto empiezo a querer aprender a escribir. Creo que es una especie de respuesta. Me encanta la idea de poder ponerle letras a las cosas que veo y pienso, graficar todo de maneras nuevas dentro de mi mente cambiante. Me encanta, también, saber. Quiero saberlo absolutamente todo.
Mi infancia está cubierta por libros grandes de pasta dura que contienen temas diversos e inconexos. Me extasiaba toda la información que mis ojos recibían de ellos. En algún punto, no sé cuál, las ilustraciones y los dibujos dejan de ser suficientes para mí. Necesito comprender más allá de lo que una figura puede representar sobre una hoja, que la retahíla de símbolos negros y pequeños cobre sentido.
Vivo, la mayoría del tiempo, con mi madre, mi hermana menor y mis abuelos maternos. Mi hermana y yo compartimos una habitación con dos camas y paredes color fucsia. Mi padre, en cambio, vive lejos; a veces en otro vecindario, más veces en otro país. Siempre muy lejos, en todo caso, esa es la constante. Nos separa una distancia tan literal como figurativa que yo siempre busco acortar de alguna manera, aunque sea inconscientemente. Entiendo, rápidamente, que aprender a escribir significaría, también, desbloquear una nueva forma de comunicarme con él a la distancia.
Las llamadas telefónicas son muy escasas, sobre todo por las diferencias de zona horaria que nos son impuestas bajo la distancia geográfica que nos separa. Sueño, sin embargo, con los correos electrónicos repletos de letras de distintos colores y emoticones que él escribe para mí cuando tiene tiempo, y que mi abuela paterna, su madre, me lee en voz alta cuando la visito. Aprendo, en medio de frustración y desespero, a teclear con lentitud y precisión mientras ella me dicta cada una de las letras que debo presionar, pero ansío más que eso. Quiero autonomía en mi escritura; ser la única dueña de las palabras que busco dedicarle a mi padre.
Busco ponerle letras a las cosas, pero unas letras que sean absolutamente mías.
Los siguientes meses, me empecino en aprender a escribir a mano y a leer, y obviamente me cuesta un mundo. Entiendo, así, que ser una niña obstinada y autodidacta tiene su precio. Mezclo la letra s, la c y la z como si fueran totalmente intercambiables. Tal vez deberían serlo. El abecedario me trae mucha frustración y mucha impaciencia. Tantos sentimientos embotellados en una niña tan pequeña. Mi abuela, en cambio, siempre lleva las sesiones de escritura con calma, sosteniendo el lápiz entre mis dedos y guiando mis manos pegajosas sobre la hoja de papel. Su piel es fría y arrugada pero suave. Suele aprovechar nuestro tiempo juntas para hablarme de mi padre, contar las mismas historias de su infancia una y otra vez, y decirme que yo tengo sus manos. Ese comentario es el que más me resuena. Tengo conmigo las manos de su hijo, mi padre, que a la vez está tan lejos. Mis manos torpes y temblorosas que repasan con furia las letras sobre el papel, buscando una perfección inalcanzable.
Poco a poco, la casa de mi abuela, que también es la casa de mi padre, se convierte en el reino de las letras, de una u otra forma. Me doy cuenta, también, de que me gusta más leer que escribir. Es más fácil. Me pierdo en grandes libreros de madera y páginas repletas de palabras que no conozco. Me siento feliz ahí. Una colección de libros en particular es mi favorita. Se trata de una enciclopedia para niños dividida en diez partes. Diez libros de colores distintos con diez temas distintos. Mi favorito es el del cuerpo humano porque quiero ser doctora cuando crezca, sin importar lo que tome. Abro el libro y repaso con cuidado mi dedo índice sobre cada hoja, cada palabra y reescribo en un papel blanco las que no conozco. Mi misión, después, consiste en preguntarle a mi abuela qué significa cada una de ellas hasta comprenderlas y asimilarlas por completo. Este se convierte en nuestro ritual de todos los fines de semana que pasaba en esa casa, cada quince días, como lo dictaba el acuerdo de custodia. Era nuestro propio ritual de lectura, reescritura y conocimiento. Un ritual sagrado para mí.
Mi padre nunca me enseñó a escribir, pero creo que aprendí a escribir por él.




precioso texto❤️🩹🥹
💘